Nota del editor: En Cara Uve hacemos hoy algo nuevo. Después de bastante tiempo escribiendo en solitario sobre una pasión que comparto con buenos amigos, era cuestión de tiempo que apareciera una voz invitada. Y ha ocurrido de la forma más natural posible. Así nace esta primera colaboración en el blog, firmada por Antoni Roig, buen amigo de esta casa con quien he compartido innumerables charlas musicales. Toni tiene un vínculo personal con la isla de Malta, y desde allí nos envía esta estupenda crónica: una visita en la que se entrelazan la curiosidad del viajero, la mirada del melómano y la sensibilidad de quien sabe escuchar. Cedo la palabra al enviado especial de Cara Uve en Malta: Antoni Roig.
Un viaje por la cultura musical en formato físico y analógico. Visito tiendas de discos y te lo cuento.
miércoles, 5 de noviembre de 2025
Solo Records (Pietà, Malta)
Por esas circunstancias de la vida que uno no se espera (valga la obviedad), he establecido un vínculo personal con la Isla de Malta. Y la casualidad (o causalidad) ha dispuesto que a tres minutos del piso que ha alquilado mi pareja por motivos de trabajo se encuentra Solo Records, una de las principales tiendas de discos de la isla. Aceptando lo inevitable, me ofrecí a Jordi para hacer una crónica, y aquí estoy como enviado especial de Cara Uve en Malta.
Si conocéis la isla, sabréis que Malta es un lugar de contrastes. Costa, acantilados, pueblos de pescadores, puertos repletos de yates obscenos, fortalezas que llaman a Juego de tronos, iglesias que repican antes de las siete de la mañana, calles estrechas, preciosos edificios, cruces caóticos, ruinas, belleza, modernidad, calma, ruido, tradición ancestral, naturaleza, transformación… Por eso no es de extrañar que, a pesar de mi excitación por llegar a Solo Records me pasara de largo al principio con la presencia de una hormigonera en una obra, que unos minutos más tarde ya había desaparecido…
Solo es una tienda de libros y vinilos, regentada por Pietro, quien tras abrir tienda originalmente en su Milán natal se estableció en el barrio maltés de Pietà hace diez años, porque su mujer es maltesa. ¿Y por qué Solo? Muy sencillo. Pietro trabaja solo y su aparentemente pequeña tienda refleja aquello que le gusta hacer y que puede gestionar por su cuenta, sin pretender complicarse más de lo necesario.
Así hay libros, pero no novelas. En general uno encuentra géneros de no-ficción que le atraen, como la historia, la política o el activismo, de acuerdo con su afinidad con la escena punk y alternativa. Y aunque en esta ocasión no eran mi objetivo, en futuras visitas pienso echarles un vistazo más detenido a los libros. Y en cuanto a discos, en Solo podemos encontrar vinilos de todos los estilos, con preferencia hacia el rock alternativo, el pop-rock contemporáneo o el metal, sin dejar de lado el rock clásico o el prog. Todo nuevo, no hay segunda mano, no hay pre-pedidos, no hay envío a domicilio, ni tienda online. Pero el catálogo es completísimo y los precios competitivos. Y de manera muy particular, las cubetas de discos rebajados, en los que se pueden encontrar sorpresas que tendrán que esperar a la paga extra.
Durante la charla que mantuvimos, Pietro me comentó que vive sobre todo de clientes locales, ya que los precios de envío online son muy elevados en la isla, y que le interesa sobre todo poder contribuir a la escena cultural y musical local, combinando títulos populares o clásicos con discos alternativos contemporáneos. Y para minimizar el uso de plástico innecesario (lo sé, lo sé, hablamos de vinilos), Solo te regala una tote bag con la primera compra, después ya es cosa tuya traerla o pagar los dos euros que vale. Un buen trato. Y la traeré de vuelta, porque habrá que repetir visita.
En mi visita a Solo Records compré:
Bilateral, de Leprous
A story of darkness and light, de Eldovar
Hot Rats, de Frank Zappa.
lunes, 3 de noviembre de 2025
Disk Union Shinjuku Second Hand (Tokio)
La tarde antes de partir de Tokio, cuando ya todo estaba prácticamente listo para volver a Barcelona, decidí que aún me quedaba una visita pendiente. Las maletas cerradas a medias, las horas contadas y la sensación de que el viaje se acababa, pero también esa necesidad un poco irracional (tan de los que coleccionamos discos) de exprimir hasta el último momento. Así que dediqué mis últimas horas en Tokio a hacer una escapada rápida a Disk Union, otro de los templos indiscutibles de la cultura vinilera japonesa.
En realidad, Disk Union no es una tienda, sino una constelación de ellas. Hay varias repartidas por todo Tokio, especializadas por géneros o formatos: jazz, metal, pop, clásica, incluso tiendas dedicadas solo al prog rock o al punk. Pero la que tenía más cerca, y la que más me interesaba, era una de las varias que hay en el barrio de Shinjuku, donde nos hospedamos en nuestra segunda estancia en la ciudad. En este caso era la Disk Union dedicada al vinilo y CD de segunda mano, esa dimensión paralela en la que tanto me gusta adentrarme.
Entré con el tiempo justo, sabiendo que no podía permitirme más que una visita relámpago, pero la impresión fue inmediata: una planta enorme, perfectamente ordenada, con cubetas interminables y esa mezcla de olor a cartón, plástico y nostalgia que solo las buenas tiendas de discos desprenden. La selección, cómo no, me pareció sencillamente abrumadora. Había de todo: primeras ediciones japonesas de clásicos occidentales, una cantidad imposible de joyas del City Pop, bandas sonoras, jazz, electrónica, incluyendo alguna rareza muy apetecible. No tuve tiempo de explorar al completo (ni de lejos), pero aun así cayeron algunas cosas, que entrarían en la categoría de hallazgos que solo aparecen cuando no los buscas. Fue una forma estupenda de cerrar la aventura vinílica en Japón.
Salí a la calle ya de noche, con esa mezcla de cansancio, euforia y melancolía que acompaña los finales de viaje. Mientras caminaba de vuelta al hotel, pensaba en todas las tiendas que había visitado durante mis dos semanas japonesas —de Osaka a Kioto, de Hiroshima a Tokio— y en lo que representan. Japón es, como ya he dicho hasta la saciedad, un paraíso para los amantes del vinilo. Da igual el tamaño del establecimiento o el barrio en el que esté: cada tienda tiene algo único, una curaduría precisa, una reverencia por el objeto musical que no debemos perder. Visitar tiendas de discos en Japón es una forma de entender un país que cuida los detalles, la memoria y la experiencia. Y la visita a Disk Union fue el broche perfecto: un último descenso al subsuelo paradisíaco del sonido, un recordatorio de por qué seguimos buscando, disco a disco, ese instante en el que la música vuelve a ser un descubrimiento.
En la visita adquirí:
Hands Up, de The Mods
Corner, de The Mods
さらば宇宙戦艦ヤマト: 愛の戦士たち (Arrivederci Yamato), de Hiroshi Miyagawa
宇宙海賊キャプテンハーロック (Space Pirate Captain Harlock), de Seiji Yokoyama
ラヴ・ソングス (Love Songs), de Mariya Takeuchi.
viernes, 31 de octubre de 2025
Tower Records Shibuya (Tokio)
La última etapa de nuestro viaje por Japón consistía en regresar a Tokio para pasar unos días antes de tomar el vuelo de regreso a Barcelona. La primera estancia en la ciudad, al comienzo del viaje, había sido más bien de tanteo, de aclimatación, y aunque había curioseado generosamente por algunos barrios, no había tenido ocasión de explorar ninguna tienda de discos. Así que me guardé esa carta para el final, como reservando un pequeño lujo para los últimos días.
El problema era evidente: Tokio es un paraíso para cualquier comprador de discos, y uno tiene que hacer un esfuerzo de contención si no quiere acabar con la maleta desbordada (o comprando una segunda valija) y el presupuesto temblando. Consciente de ello, decidí apuntar alto, pero con precisión: limitarme a una o dos visitas, que realmente merecieran la pena. Y en esa selección, la primera elección obvia era Tower Records Shibuya.
No hay guía ni blog que no la mencione: un templo, una rareza, una superviviente. En un mundo en el que las grandes megatiendas de música han desaparecido y se han convertido en recuerdos de un pasado glorioso, Tower Records de Tokio sigue ahí, recordándonos aquella época en la que viajar a Londres o a Nueva York era también la promesa de entrar en un edificio de ocho plantas lleno de discos. De aquellos gigantes solo queda este, y hay que decirlo: impresiona.
El edificio se levanta en pleno Shibuya, y desde fuera ya impone. El amarillo chillón, el rótulo gigante de No Music, No Life, el bullicio de la calle. Dentro, el vértigo: seis plantas dedicadas enteramente a la música, una de ellas consagrada al vinilo. Y no cualquier vinilo: una colección tan vasta que resulta abrumadora, con novedades, reediciones, rarezas, importaciones y una cuidada sección de segunda mano.
Allí me perdí durante un buen rato, pasando de cubeta en cubeta, mirando portadas, tomando infinitas notas mentales. En algún momento bajamos de la sexta planta al café de la segunda para descansar un poco y observar el flujo incesante de gente entrando y saliendo, cada cual con su bolsa inconfundible. Fue, en resumen, una experiencia completa: un pequeño ritual para cerrar el viaje.
Acabé comprando varias cosas, claro. Continué con mi acopio de ediciones de discos de Yellow Magic Orchestra, me llevé una flamante copia de la nueva edición definitiva de la banda sonora de la película de Satoshi Kon Perfect Blue (y otra copia para Gerard Casau, que me había puesto sobre la pista del disco antes del viaje). Y salí de allí con esa mezcla de euforia y aturdimiento que dejan los lugares donde uno siente que podría quedarse horas, o días, explorando.
Mientras bajaba por la escalera mecánica pensé: ¿es mejor un megastore de música donde esté (casi) todo, o una tienda pequeña de barrio donde te atienden, charlas y descubres por azar? Supongo que me gustaría imaginar un mundo donde ambos modelos convivieran, aunque sé que ese mundo hace tiempo que dejó de existir y que ya no va a volver.
En Europa no queda nada parecido a Tower Records, y dudo que vuelva a haberlo algún día. Pero qué reconfortante resulta saber que, al menos en Tokio, todavía resiste, bien vivo, este vestigio de una cultura musical que fue —y quizá sigue siendo— algo mejor.
Salí a la calle con mi nueva tote bag amarilla colgando, llena de discos, y con esa sensación tan grata de haber cerrado un círculo. Había tardado todo el viaje en llegar hasta allí, y valió la pena.
domingo, 21 de septiembre de 2025
Stereo Records (Hiroshima)
Después de pasar unos días en Kioto —donde, como ya expliqué en las dos entradas anteriores, disfruté de estupendas tiendas de discos—, la siguiente etapa de nuestro viaje nos llevó a Hiroshima. El objetivo principal en la ciudad era hacer turismo histórico y, por qué no decirlo, emocional: visitar el Museo Memorial de la Paz, dedicado a las víctimas del bombardeo atómico de 1945. Al respecto no es necesario dar muchos detalles: la visita es dura, golpea tanto al corazón como al cerebro y, desde luego, no deja indiferente. Salí de allí tocado, dándole vueltas a cuán frágil es la memoria si no se cultiva y a la crueldad humana. Además —aunque no tenga que ver mucho con la temática de este blog—, me fui con la sensación de que, de algún modo, esa visita cerraba un ciclo personal que comenzó hace ya más de una década, cuando visité las playas de Normandía, y continuó hace tres años, cuando visité Pearl Harbor en Hawái. Al recorrer Hiroshima completaba una especie de tríptico del siglo XX bélico, un itinerario por la Historia que te deja, inevitablemente, bastante impactado.
Pero Hiroshima también era parada estratégica para acercarnos a Miyajima y contemplar el santuario flotante de Itsukushima, uno de esos paisajes icónicos de Japón que, por mucho que lo hayas visto en fotografías, te deja sin aliento al vivirlo en persona.
Precisamente porque mis expectativas en la ciudad estaban tan focalizadas, no había previsto ninguna parada vinilera. Y, sin embargo, el azar quiso otra cosa. Paseando por el centro, casi por casualidad, me topé con una disquería que resultó ser de las más bonitas que visité en todo el viaje: Stereo Records.La tienda ocupa la segunda planta de un edificio (lo que en Japón equivale a la primera, ya que no utilizan formalmente la planta cero como referencia). Entrar en Stereo Records es encontrarse con un espacio amplio, bañado por la luz natural que entra a raudales por grandes ventanales. Está situada en una calle comercial tranquila, de esas que en Hiroshima sorprenden por su escala humana: quizá fruto de la reconstrucción racional de la ciudad tras la destrucción o simplemente porque se hizo con un enfoque distinto al de otras grandes ciudades japonesas, el urbanismo aquí se percibe cercano y habitable.
Dentro, se respira el buen gusto japonés en sus cubetas clasificadas con mimo. Entre las secciones me llamaron la atención encontré etiquetas deliciosas, como Free Soul o Soft Rock, que ya de entrada revelan la personalidad de la tienda. La selección de segunda mano es variada y tentadora: City Pop, soul, new wave... Música japonesa de todo tipo y discos occidentales usados en excelente estado. Como siempre en Japón, la sensación es la de un coleccionismo riguroso y respetuoso con cada pieza.
La anécdota simpática de la visita es que mientras curioseaba entre las cubetas, uno de los dependientes se acercó con una nota escrita en un folio con ordenador, en la que se anunciaba que justo ese día había un 20% de descuento en todos los discos usados. Un detalle que demuestra esa amabilidad japonesa que busca facilitar la comunicación con todos los clientes, incluso los extranjeros.
Y, claro, aquello fue como darme permiso para dejarme llevar todavía más. La tentación era enorme: podría haber empaquetado media tienda. Pero la prudencia se impuso. Al viaje le uedaba todavía la traca final de Tokio, así que decidí ser selectivo. Aun así, hice algunas compras estratégicas. Continué mi búsqueda de algunas piezas clave de City Pop y encontré una joya imprescindible: Moonglow de Tatsuro Yamashita. También me atrajo poderosamente la portada de otro disco y, tras escuchar un poco más allí mismo, me decidí por él: Hello City Lights, de Joe Nakamura & Eastwoods, un proyecto que mantiene viva la llama del soul y el rhythm & blues clásico en Japón, y que me pareció una propuesta interesantísima. Además, entraron en la saca algunos discos de segunda mano que me interesaron por razones diversas.
Stereo Records fue una sorpresa gozosa: una tienda independiente con un catálogo exquisito, un espacio luminoso y acogedor, y un personal que sabe cómo hacerte sentir en casa. Complementó a la perfección unos días intensos en Hiroshima y Miyajima, donde la memoria histórica, la espiritualidad, la belleza natural y el capricho —probar un okonomiyaki y unas ostras fritas en una taberna especializada en ese manjar local—, se unieron a la música para dejarme otro recuerdo imborrable de mi viaje a Japón en el verano de 2025.
viernes, 12 de septiembre de 2025
Jet Set (Kioto)
La segunda tienda que visité en Kioto fue la mítica Jet Set Records. Y digo mítica porque realmente lo es: fundada en 1998, pronto se convirtió en una institución para la fauna melómana de la ciudad y, por extensión, para todo aquel que se deje caer por Japón con la excusa de comprar discos. En la actualidad, Jet Set es una cadena con varios establecimientos. El que visité es el cuartel general de Kioto.
Como tantos negocios en el país, Jet Set no está a pie de calle, sino en una sexta planta, en un edificio bastante normal, que no anticipa lo que te espera dentro. Nada de sótanos lúgubres ni cuchitriles atestados de polvo: lo que te recibe cuando sales del ascensor es un espacio amplio, luminoso, con un interiorismo muy cercano a lo exquisito, pensado para que rebuscar en cubetas sea una experiencia placentera y no una visita a la jungla de resultado incierto.
En la guía de recomendaciones que me hizo llegar antes de mi viaje, mi amigo Gerad Casau describió la tienda así:
“El gran emblema de las tiendas de discos en Kioto, diáfana y sofisticada, muy bien ‘curada’, y siempre con la posibilidad de escuchar aquello que te llama la atención. No es tan desbordante como las que encontrarás en Tokio, más enfocada a novedades y reediciones que a hallazgos de segunda mano, pero la selección es amplia y con cosas inesperadas: lo primero que vi al entrar por la puerta fue un recopilatorio de girl groups ye-yé editado por Munster.”Gerard no exageraba. Lo primero que me llamó la atención al entrar fue una gran esfera con la mitad superior transparente con el logo retrofuturista de la tienda incrustado en su interior, como si hubiésemos atravesado un portal espacial directo a un planeta donde el buen gusto japonés dicta la ley. Mientras en otras latitudes hay tiendas de discos que parecen prosperar gracias a la acumulación caótica, Jet Set demuestra que se puede ser exhaustivo sin renunciar a la elegancia.
La música de fondo acompañaba la experiencia con sutileza: primero sonó algo experimental que no supe identificar, luego pop japonés de ese que eleva la etiqueta “sofisticado” a niveles casi intimidantes.
Me contuve. O al menos lo intenté. Ya había gastado algo de presupuesto en Joe’s Garage y todavía me esperaba Tokio, así que traté de ser comedido. Aun así, acabé llevándome tres reediciones absolutamente irresistibles, entre ellas una de Yellow Magic Orchestra (porque siempre es buen momento para hacer acopio de YMO en vinilo) y un par de clásicos que brillaban en las cubetas. Jet Set está claramente orientada a la novedad y a mantener un buen fondo de reediciones más que a la segunda mano, pero en su terreno son invencibles: precisión quirúrgica, catálogo impecable y esa sensación de que todo lo que está a la venta merece estar ahí.
Un pequeño paraíso para el comprador de discos. No promete hallazgos azarosos a precio de ganga (para eso habrá que seguir buscando en otras cubetas), pero sí garantiza una experiencia única: un lugar en el que todo respira música, diseño y criterio. Y, sinceramente, ¿no es eso lo que uno busca en Japón?
En la visita adquirí:
BGM, de Yellow Magic Orchestra (reedición japonesa de 2019)
Go Ahead!, de Tatsuro Yamashita (reedición japonesa de 2023)
Niagara Moon, de Eiichi Ohtaki (reedición japonesa de 2025).
jueves, 4 de septiembre de 2025
Joe’s Garage (Kioto)
Después de unos días intensos en Osaka, la siguiente etapa de nuestro viaje nos condujo a Kioto, esa ciudad de la que uno siempre ha oído hablar con reverencia (templos, geishas, jardines zen…) y que, a pesar de todo ese bagaje mitificado, consigue sobrepasar las expectativas. Qué voy a decir de Kioto que no sepáis ya, o que no hayáis intuido alguna vez: un lugar en el que la espiritualidad milenaria convive con el barullo de las calles comerciales y donde es posible pasar en cuestión de minutos de un santuario silencioso a una tienda saturada de souvenirs de Hello Kitty.
Nada más llegar, decidimos lanzarnos al Nishiki Ichiba, un mercado cubierto que funciona como una de las arterias de la ciudad. Allí late la vida cotidiana de Kioto, aunque conviene aclarar que ese latido está hoy amplificado por centenares de visitantes que recorren la galería, fascinados ante la inagotable sucesión de puestos de street food. En el mercado Nishiki cada pocos pasos se abre una nueva tentación: un té verde que promete longevidad, unos tsukemono (encurtidos) cuya acidez podría hacerte despertar de un jet-lag crónico, un mochi que amenaza con pegarse al paladar, o incluso un puesto enteramente consagrado al universo Snoopy (que, supongo, ya cuenta como tradición japonesa a estas alturas). La experiencia, más que gastronómica, es sensorial, un flujo constante de olores, colores y texturas entre cubos de anguila, brochetas de pulpo y botellitas de sake artesanal.
Al final del mercado, nos encontramos el Nishiki Tenmangu, un santuario sintoísta dedicado a Tenjin, deidad de la erudición y los estudios. Ya me conocéis: no pude evitar cierto entusiasmo profesional de estar en un santuario dedicado al saber académico y frecuentado por estudiantes en busca de buena fortuna en sus exámenes. Y, por supuesto, como todos los santuarios Tenmangu, con la estatua reglamentaria de un buey de bronce cuya cabeza hay que acariciar para atraer la sabiduría. (Sí, lo hicimos, y sí, la foto existe).
Fue después de esa visita cuando dejamos a una parte de la expedición en una tienda de kimonos y me lancé a explorar Joe’s Garage, un nombre que aparecía en la lista de recomendaciones de Ángela pero no en la de Gerard Casau, amigo, crítico de cine, melómano empedernido y uno de mis oráculos en japonesismos. Me alegra poder invertir los papeles y ser yo ahora quien le pase a él la nota mental: Gerard, la próxima vez que visites Kioto, no te pierdas Joe’s Garage.
El rótulo de la tienda ya es toda una declaración de intenciones: su nombre es un homenaje explícito al disco de Frank Zappa, y toma prestado como logo la célebre banana de Warhol para The Velvet Underground. Con esas credenciales, las expectativas no podían ser bajas.
La tienda se encuentra al norte de Shijo-dori, la gran avenida comercial de Kioto, pero no es de esas que se exhiben orgullosas a pie de calle: está escondida en la tercera planta de un edificio tan discreto como el ascensor que lo custodia, un artilugio de esos que ponen a prueba el temple de un claustrofóbico como yo. Al abrir la puerta, uno se encuentra con un espacio modesto, pero absolutamente saturado de discos, apilados con una disciplina obsesiva que convierte el lugar en una especie de santuario urbano del vinilo. Fundada en 1986, Joe’s Garage se ha consolidado como referencia para los melómanos locales, un sitio donde el rock de los 60 y 70, el jazz más insobornable y, por supuesto, el espíritu zappiano siguen vivos y coleando.
El dueño, un rockero veterano, gestiona la tienda con un cuidado artesanal. Las estanterías rebosan: CDs, vinilos nuevos y usados, aparentes rarezas, bootlegs y camisetas, pósters y cachivaches que refuerzan la estética del lugar. Lo más fascinante es su curaduría obsesiva: junto a las secciones habituales de jazz, rock o world music aparecen categorías inesperadas como “female vocalists”, "rock guitarrists" o “Japanese recommend (sic) artists”. Esa obsesión por el detalle refleja a la perfección lo que, como ya he dicho en entradas anteriores, tanto me fascina de la cultura musical japonesa: la capacidad de llevar una pasión hasta el extremo, hasta el punto de convertirla en un sistema de clasificación propio.
En la sección de música japonesa vi verdaderas joyas, aunque mi desentrenado ojo occidental (y mi cartera en modo prudente) me hicieron decantarme por opciones poco arriesgadas. El dueño hablaba un inglés excelente, lo que nos permitió intercambiar impresiones sin recurrir al habitual catálogo de aspavientos y onomatopeyas. Al pagar mi compra, me regaló ese tipo de gesto que convierte una transacción en una experiencia: “Excellent choice”, me dijo con una sonrisa cómplice. Lo curioso es que lo decía por unas compras que eran, en realidad, bastante previsibles. Yo, para no quedarme atrás, devolví el cumplido a su selección: “Podría empaquetar toda la sección de música japonesa y llevármela entera a casa”. Él, divertido, me animó a hacerlo. Y aunque por un instante lo consideré (ya me veía hipotecando el futuro para enviar un contenedor de discos a Barcelona), la sensatez se impuso y nos conformamos con lo escogido.
Joe’s Garage me conquistó. No solo por su catálogo cuidado y su independencia radical frente a cadenas y modas, sino también por la calidez de su trato y la sensación, casi litúrgica, de estar entrando en un templo. Un lugar que uno abandona con bolsas en la mano, sí, pero sobre todo con la certeza de que, en ese rincón perdido de la tercera planta de un edificio de Kioto, sigue latiendo una forma de entender la música que resiste al tiempo.
En la visita adquirí:
Technodelic, de Yellow Magic Orchestra (primera edición japonesa de 1981)
X∞Multiplies (X∞マルティプライズ), de Yellow Magic Orchestra (edición japonesa de 1980)
Tin Pan Alley (o Caramel Mama キャラメル・ママ), de Tin Pan Alley (o Caramel Mama) (reedición japonesa de 1979).
Tin Pan Alley 2. de Tin Pan Alley (primera edición de 1977).
(Además, adquirí otra edición del primer álbum de Yellow Magic Orchestra, que ya está en poder de su destinatario).
lunes, 1 de septiembre de 2025
Time Bomb Records (Osaka)
Si King Kong es una institución histórica en el barrio de Amerikamura, Time Bomb Records representa otra cara fundamental de la escena musical de Osaka. Nació en 1990 como una pequeña tienda en ese mismo barrio, y apenas un año después ya había dado un salto decisivo: convertirse también en sello discográfico. Con el tiempo, la tienda se trasladó al barrio de Yotsubashi, pero nunca perdió la esencia que la define: ser un punto de referencia para el underground de la zona, con un catálogo explosivo de punk, rockabilly y garage que ha dado visibilidad a algunos de los grupos más singulares e irreverentes de la música independiente japonesa. Entre ellos destaca The 5.6.7.8’s, la banda femenina de garage con estética sesentera que muchos descubriríamos años después en anuncios y en bandas sonoras internacionales, y cuya estética e ideario resume bien el espíritu de Time Bomb: un puente entre la energía underground local y una proyección que trasciende fronteras.
Como entenderéis, con estas credenciales, la visita a Time Bomb era absolutamente imprescindible. Además, tuve la suerte de que el hotel en el que nos alojamos durante nuestra estancia en la ciudad estaba cerca tanto de Amerikamura como de Yotsubashi (en realidad son zonas de Osaka vecinas), lo que facilitaba la logística. Eso sí, Time Bomb fue la segunda y última tienda que pude visitar en Osaka, dado que los horarios, y sobre todo el hecho de que muchas estaban cerradas el miércoles —justo el día en que yo podía rascar tiempo para ir— me obligaron a seleccionar.
Lo resumí así en Bluesky:
El catálogo abruma: punk, new wave, garage, hardcore, surf, rockabilly… Todos los géneros vinculados a la tradición más ruidosa y gamberra del rock’n’roll tienen su espacio, con especial atención a la música norteamericana que los inspiró. Pero lo que me pareció más sugerente e interesante fue, sin duda, la sección dedicada a los artistas japoneses, repleta de discos y referencias, muchas de ellas editadas por el propio sello Time Bomb. Ojalá vuelva algún día con más presupuesto y mejor investigación realizada.
Sumergirse en las cubetas de la tienda fue bucear en la subcultura garagera y psicodélica japonesa: un viaje paralelo dentro de mi propio viaje. La tienda, su estética y su atmósfera me parecieron una auténtica gozada, un lugar donde se entiende perfectamente el modo en que se construyen y mantienen con vitalidad las escenas locales. Y a diferencia de mi visita a King Kong, aquí sí que empecé a llenar la maleta. No en exceso, pero sí lo suficiente como marcar el inicio real de mi hunting (aunque dos de los discos que conpré son muy "locales", pero poco vinculados a la escena a la que Time Bomb está consagrada). En cualquier caso, me pareció un buen lugar para iniciar la adquisición de los discos que sí llevaba en mi lista de deseos. La visita fue, así, una experiencia completa: música, historia, subcultura y el placer físico de rebuscar vinilos en un espacio que es mucho más que una tienda.
Time Bomb no es solo una parada obligada en Osaka: es un destino en sí mismo.
En esta visita adquirí:
Yellow Magic Orchestra (イエロー・マジック・オーケストラ ), de ídem (primera edición japonesa del disco de debut de la banda de 1978).
For You, de Tatsuro Yamashita (reedición limitada japonesa de 180g de 2023).
Bomb The Rocks: Early Days Singles, de The 5.6.7.8's (edición de 2004 para UK y Europa del disco editado por Time Bomb Records, la curiosidad aquí es que el original es difícil de encontrar incluso en la tienda del sello, así que adquirí una copia europea a un precio inmejorable).
sábado, 30 de agosto de 2025
King Kong (キングコング)(Osaka)
Este agosto he pasado dos semanas recorriendo una pequeña, pero maravillosa, parte de Japón con mi familia. ¿Qué os voy a contar que no se sepa ya de ese país fascinante? Qué os voy a explicar de ese magnetismo adictivo que nace de la mezcla, extraña y armoniosa, de tradición milenaria e innovación radical, de recovecos silenciosos y calles abarrotadas de personas y neones vibrantes, de pasión desmedida por la cultura popular más alocada y refinamiento extremo. Todos esos tópicos son ciertos, pero no hay que repetirlos por enésima vez si no quieres parecer un influencer de Instagram cualquiera.
En nuestro recorrido visitamos varias ciudades —en etapas intensas y variadas— y, como no podía ser de otra manera, además de templos, barrios, museos y gastronomía, también busqué huecos para uno de mis grandes desvelos: visitar el mayor número posible (dentro de lo razonable) de tiendas de discos. Porque, como sabréis si tenéis suficiente interés en la música como para leer este blog, Japón es uno de los paraísos mundiales de la cultura musical. En ese edén melómano y audiófilo, el formato físico no solo resiste, sino que goza de un prestigio y un vigor extraordinarios. Las tiendas de vinilos (y CD) son innumerables, desbordantes, y constituyen un vasto y sólido ecosistema cultural. Para mí, viajar a Japón significaba también sumergirme en la medida de lo posible en esa plétora de ediciones cuidadas y reediciones de referencia y en ese océano de oportunidades para el coleccionista o, simplemente, para el curioso.
El viaje empezó y terminó en Tokio, pero me reservé las legendarias tiendas de la capital para el final, consciente de que allí iba a ser inevitable caer en compras abundantes y que cargar desde los primeros días con un buen volumen de discos sería un infierno logístico. En la primera etapa tokiota, de tres días y medio, preferí dedicarme a explorar otros atractivos. La primera incursión vinilera llegaría en Osaka. Conviene recordar que este era un viaje familiar, en el que estuve acompañado de tres compañeras de ruta —melómanas también, pero dentro de límites razonables—, así que no podía monopolizar el itinerario con largas horas de cubeteo. Por ellas y por mí mismo: las ciudades que visitamos tienen tanto que ofrecer, que habría sido un error perderse siquiera un poco de su riqueza cultural por pasar demasiado tiempo entre discos. Eso sí, siempre se puede (y se debe) buscar huecos estratégicos.
En Osaka, la primera tienda que visité fue King Kong Records, una recomendación de la mejor fuente: mi hija Ángela, que había investigado previamente qué lugares podrían interesarnos. King Kong es toda una institución en el barrio de Amerikamura, epicentro de la cultura juvenil de Osaka desde finales de los años setenta. Según la información que he podido recabar, la tienda fue fundada en 1979 y formó parte activa de la transformación del vecindario en un hervidero de moda importada, música y estilos alternativos. Aunque muchas de las tiendas pioneras de ropa americana y objetos vintage han ido desapareciendo o han sido reemplazadas por comercios “menos auténticos”, parece haber consenso en que King Kong se ha mantenido fiel a su espíritu original.
El negocio se trasladó en 2017 al primer sótano de un centro comercial, por lo que puede resultar un poco difícil de localizar desde la calle, pero basta con seguir la gran escalera mecánica que baja hasta la planta B1 para dar con ella. Una vez dentro, se abre un espacio amplio y diáfano, con miles de discos de segunda mano que se extienden en largas filas de cubetas, mientras las paredes se convierten en una galería improvisada de portadas. Aquí el minimalismo brilla por su ausencia: cada centímetro de la tienda está ocupado, y la sensación es la de un auténtico festín visual y musical.
El catálogo que maneja la tienda es apabullante: afirman que rondan los 50.000 discos, con hasta 300 nuevas incorporaciones semanales. Pop y rock, tanto japonés como occidental, son los géneros con mayor representación, junto con una notable sección de hip hop. El jazz está menos presente, pero hay algunas cubetas de City Pop que prometen hacer las delicias de los buscadores con paciencia.
En mi caso, no encontré piezas que despertaran la urgencia de adquirirlas, quizás por falta de suerte, de comunicación o de decisión en esas etapas iniciales del periplo. Aun así, la visita fue muy gratificante. De hecho, fue la única tienda del viaje donde mis acompañantes se animaron a comprar un par de pequeños tesoros a un precio muy razonable que se llevaron como recuerdo.
King Kong quedó como una primera parada entrañable en el viaje: quizá no decisiva en términos de hallazgos, pero sí significativa como inicio de mi ruta vinílica por Japón. Si alguna vez viajáis a Osaka, no dejéis de pasar por allí. Esas filas de cubetas infinitas y ese ambiente juvenil que respira Amerikamura hacen que merezca la pena dedicarle un buen rato de exploración.
viernes, 6 de junio de 2025
La Gramola (Zaragoza)
El último fin de semana de mayo tuve el placer de asistir en la Universidad de Zaragoza a un congreso organizado por el proyecto en el que he estado trabajando en los últimos años: Real and imagined Spaces in Film. Como he explicado alguna vez, los congresos son algo que siempre disfruto: permiten compartir ideas, escuchar a gente interesante, reencontrarse con colegas y, por supuesto, encontrar momentos para la dispersión (y para la diversión).
Uno de esos momentos llegó en la tarde de la primera jornada, cuando aproveché para hacer una visita rápida a una tienda de discos local. Acudí junto a Vicente Rodríguez Ortega, compañero de la Universidad Carlos III de Madrid, y nos pasamos un buen rato excavando entre vinilos y comentando alguna que otra rareza.
La Gramola es un espacio amplio, dedicado al soporte físico en todas sus formas: sobre todo vinilos, pero también CDs, DVDs y Blu-rays. Una tienda con personalidad, con una selección hecha desde el conocimiento y el gusto. Lo que más me llamó la atención fue la organización del stock: una parte alfabética por bandas e intérpretes (con un punto de arbitrariedad interesante) y otra por géneros, con cubetas bien marcadas (reggae-ska, jazz, pop-rock de los 80, indie de los 90…). No hay pretensión de abarcarlo todo —lo cual sería imposible—, sino una curaduría basada en lo que el público de la tienda busca y lo que el propietario considera representativo. Y eso se agradece.
Estuve un buen rato rebuscando entre la new wave y el pop de los ochenta, y el indie noventero, aunque los discos que finalmente me llevé los encontré en otras secciones, en un intento deliberado de dispersarme un poco.
Durante la visita vivimos una escena simpatiquísima: entraron dos turistas japonesas que, al encontrar unos discos de Mocedades y otra música española de los años sesenta y setenta, entraron en un estado de euforia absoluta. Se hicieron fotos, celebraron los hallazgos (¡por apenas dos euros!) y salieron radiantes, probablemente para compartir el momento en redes. Fue uno de esos instantes en los que ves el modo en que la música conecta sensibilidades y despierta todo tipo de chifladuras entre la gente que la ama y disfruta.
Aprovechando la ocasión, me puse a charlar con Javier, el propietario. Le mencioné que la selección de la tienda era excelente, variada y muy bien cuidada, y como suele pasar, respondió con un “No todo es bueno”, con esa honestidad desarmante que sacan a relucir los propietarios de tiendas de discos que saben de música. Siempre me ha fascinado esa relación entre el gusto personal y la necesidad comercial: cómo gestionar tener a la venta discos que a uno no le entusiasman.
Hablamos también del mercado actual y de su decisión de no traer algunas de las novedades de multinacionales: salen demasiado caras. Prefiere apostar por ediciones selectas y cajas especiales para su clientela habitual. Me habló también de su experiencia en ferias internacionales, especialmente la de Holanda. “Solo hay dos maneras de ir a una feria de esas: o con mucho dinero o con nada de dinero”, me dijo. Cualquier punto intermedio es frustrante.
En la visita adquirí:
Autobahn, de Kraftwerk (edición alemana de 1974).
Stillness, de Sergio Mendes & Brasil '66 (edición USA de 1970).
domingo, 20 de abril de 2025
Spook Records (Reus)
Esta Semana Santa, de regreso a casa tras un pequeño retiro de relax en unas conocidas termas del Camp de Tarragona, decidimos hacer una escala para comer y dar un paseo por Reus, una ciudad que cuenta con muchos encantos. Uno de los más evidentes es su circuito de arquitectura modernista, pero hay muchos más, como el hecho de que sea una de las capitales mundiales del vermut. Y, claro, ya que estaba en una ciudad a la que no voy a menudo, no podía dejar pasar la oportunidad de visitar alguna tienda de discos. La elegida fue Spook Records, probablemente una de las disquerías con más historia de la ciudad. De hecho, con más historia del país.
Spook Records está situada en una zona privilegiada de Reus. La entrada de la tienda ya llama la atención: su portal de granito azul está coronado por un rótulo muy vistoso, no exento de cierto toque desconcertante, dado que el nombre de la tienda —Spook— podría evocar géneros como el garage, el psychobilly, o incluso el shock rock; pero no: es una tienda generalista, en la que se pueden encontrar todo tipo de estilos y formatos.
El local no es demasiado amplio, y cuenta con expositores de CD en la pared izquierda, con cubetas de vinilos de segunda mano en la derecha, y con un parador con discos nuevos en el centro. Una selección de novedades está bien expuesta en la parte superior de la pared derecha, justo al entrar. Prácticamente, todas las superficies planas de la tienda (con la excepción del pasillo estrictamente necesario para circular), están colonizadas por montañas de CD y DVD.
Mi visita fue breve, lo típico en estos casos. Pero como suele pasar, acabé rebuscando más de lo previsto. Compré dos discos y charlé un rato con el dueño, que es de esos vendedores a los que se les nota que disfrutan hablando con sus clientes (una especie no tan común como podría parecer). Me contó —como ya sabía— que lleva muchos años en el negocio, y que lo que se ve en la tienda es solo una pequeña muestra del stock que tiene en Discogs, donde acumula decenas de miles de referencias. Así que lo que encontramos in situ es apenas una selección del inventario del comercio, pero una selección lo bastante variada como para hacer del buceo en las cubetas toda una expedición.
Y de esa aventura salió una pequeña reflexión. El orden que utiliza Spook Records para organizar los vinilos es exactamente el que uso yo: orden alfabético por artista o banda, sin distinción de géneros. Es el mismo criterio que adoptan las bases de datos o apps como Discogs: práctico, limpio, funcional. Creo que sigue siendo la opción más eficaz para organizar la propia colección: te permite localizar rápidamente cualquier disco. Pero quizá el orden alfabético estricto no sea la manera más intuitiva de navegar cuando te enfrentas por primera vez a una selección ajena, sin tener ni idea previa de qué vas a encontrar…
Cavilaciones que vienen a la mente mientras rebuscas… ¿Cuál es la mejor forma de organizar una discoteca cuando empieza a crecer?
No tengo la respuesta. Pero ahí seguimos, dando vueltas a las ideas… y a las cubetas.
miércoles, 26 de marzo de 2025
Living in the Past (Venecia)
En los últimos años, estamos siendo testigos de un constante ir y venir de artículos, más o menos serios, que proclaman el resurgimiento del vinilo, seguidos por otros que anuncian su inminente nuevo declive. Y vuelta a empezar. Este ciclo interminable de (no)noticias activa la reflexión sobre cómo concibe uno el coleccionismo (o simplemente la adquisición) de discos. ¿Comprar vinilos es un acto de nostalgia, una forma de revivir el pasado? ¿O, por el contrario, es una manera de habitar de forma consciente el presente, dado que el vinilo es un formato plenamente vigente que ofrece placeres únicos al oyente? Para algunos, como yo mismo, comprar discos de vinilo es incluso una apuesta de futuro. Tener una buena colección, bien curada y mantenida, posibilita cierta independencia de los servicios de streaming y cierto alejamiento de la pulsión acumuladora de archivos digitales. Para los que no estamos dispuestos a conformarnos con coleccionar un inventario musical que, en esencia, es alquilado —aunque sea a perpetuidad— el vinilo y otros formatos físicos siguen siendo una inversión de futuro.
Dicho todo esto, la mirada nostálgica es algo que me atrae mucho, por supuesto. Por eso, durante una reciente escapada familiar a Venecia, me pareció un plan excelente visitar la tienda de discos Living in the Past, un pequeño establecimiento en el Dorsoduro, a la altura del puente Foscarini, no lejos del bullicio del centro y flanqueado por un par de restaurantes bastante apetecibles.
Si la visitas, lo primero que te va a llamar la atención es su aspecto desvencijado y añejo, aunque embellecido por un modesto pero llamativo escaparate, en el que se exhiben piezas muy apetecibles, como un 7 pulgadas de Goblin que funciona a la perfección como imán para la mirada. El aspecto general de la tienda refleja una clara priorización del contenido sobre la forma. Su rótulo, por ejemplo, es un simple folio impreso con un diseño de estar por casa, clara señal de que la imagen es secundaria y que aquí lo que de verdad importa son los discos.
Al entrar en la tienda, te encuentras con una estupenda colección de música del pasado, en total sintonía con el nombre del negocio. Las secciones abarcan desde rock clásico, folk, jazz y funk hasta una generosa selección de punk, new wave de los años 80 y electrónica, géneros que, aunque algunos nos resistimos a considerarlos antiguos, ya son, claramente, clásicos. Por supuesto, me dirigí sin dudarlo a la abultada sección de música italiana, donde conviven folk, pop, rock, canción de autor, astros melódicos y easy listening.
No todo es perfecto, por desgracia. Los precios están ligeramente por encima de lo que yo considero atractivo, lo cual enfrió un poco mi entusiasmo. Aun así, es difícil salir con las manos vacías de un sitio como ese.
En esta ocasión, no vi oportuno entablar conversación con el propietario, que parecía absorto en la tarea de ordenar discos, así que me decidí rápidamente por un ejemplar en muy buen estado de 4 anni di successi, el recopilatorio de Mina de 1967, que cautiva tanto por su portada y contraportada como por su impresionante selección de temas.
Living in the Past, un verdadero santuario en Venecia.
En la visita, adquirí:
4 anni di successi, de Mina (primera edición italiana de 1967).
martes, 1 de octubre de 2024
recordslo.com (Liubliana)
Sigo relatando nuestra jornada de vinyl hunting en Liubliana. Tras nuestra primera parada en SpinVinyl, decidimos seguir explorando y acercarnos a recordslo.com, otra interesante tienda ubicada en el corazón de la ciudad, también a orillas del río, pero justo al otro lado de la colina del castillo. Aunque su nombre sugiere que gran parte de su negocio se basa en operar en línea, esta tienda física es un lugar que definitivamente merece la pena visitar.
El escaparate, que exhibe un bonito gramófono de colección, ya anticipa la experiencia que espera al cruzar la puerta: una visita a una auténtica cueva de tesoros vinílicos decorada con gusto. En el instante en que entramos, el rock progresivo de la banda neerlandesa Focus sonaba a todo volumen, en lo que sin duda me pareció toda una declaración de intenciones y una bienvenida perfecta para Toni, quien, como mencioné en el post anterior, es un apasionado del género.A diferencia de nuestra primera parada, recordslo.com está muy nutrida (de hecho, yo diría que está especializada) en discos de segunda mano, con una notable preferencia por las primeras ediciones originales del Reino Unido y Estados Unidos. Por supuesto, también cuentan con un amplio stock de novedades y reediciones recientes. Lo que más nos impresionó fue la organización de su vasto inventario; aquí todo tiene su lugar. Desde subgéneros como el soft rock, el country rock y el prog rock, hasta apartados dedicados a rarezas muy selectas. La tienda dispone también de un muestrario de música en otros formatos. La cantidad, calidad y precio de los casetes que tenían a la venta me dejó asombrado. En cualquier caso, el generoso surtido de estilos y formatos presentes en el establecimiento reforzó la idea que me hice de Liubliana en cuanto llegué: que se trata de una ciudad con una querencia muy marcada por el rock. Algo sobre lo que, por cierto, me llamó la atención en un tuit la amiga Marta Torres, editora de Hermenaute, cuando se enteró de mi visita a la ciudad.
Para mí, recordslo.com fue una auténtica tentación. Después de salir de SpinVinyl con las manos vacías, estaba decidido a encontrar algo que llenara algunos huecos en mi colección y calmara mi ansia. Me puse manos a la obra, y lo que más me sorprendió fue la cantidad de discos de pop y rock de los setenta. No eran piezas de "caza mayor", sino esos ejemplares que suelen aparecer en ferias del disco y que nunca terminas de decidirte a comprar… hasta que los encuentras en una tienda, en muy buen estado y al precio justo.
Hablando de precios, debo mencionar que los discos no eran excesivamente caros, pero tampoco baratos. Las cotizaciones de los vinilos parecían ajustadas a su calidad y rareza. La impresión que me llevé al entrar es que los propietarios, con todo el aspecto de ser una pareja de melómanos experimentados, dedicados a fondo a tareas de mantenimiento de los discos mientras los clientes paseaban entre las cubetas, no solo conocían su colección al detalle, sino que la cuidaban y exponían con rigor. Al explorar más, nos topamos con unas cubetas marcadas bajo el epígrafe "ediciones buscadas" (o algo similar), donde encontramos, por ejemplo, ediciones japonesas de The Beatles, con precios acordes a su exclusividad y demanda.
Finalmente, tras buscar y buscar, me llevé tres discos que creo que de algún modo representan buena parte del espectro de sensaciones que la tienda me transmitió. Todos ellos llenan huecos en mi colección, y aunque no son piezas extremadamente raras, sentí una gran satisfacción al encontrarlas en ediciones en muy buen estado. Es difícil dejar pasar una oportunidad así en una tienda que, por otro lado, podría vaciarte el bolsillo si no te controlas, especialmente si eres amante del rock de los setenta.
Por cierto, debo confesar que, aunque la música que contiene me encanta (es perfecta para las fiestas que me monto en mi cabeza), en el caso de uno de los discos adquiridos, lo que realmente me impulsó a llevármelo fue su maravillosa portada. Os dejo especular de cuál de ellos se trata.
En la visita, adquirí:
Shock, de The Motels (primera edición USA de 1985).
Another Grey Area, de Graham Parker (primera edición USA de 1982).
Love’s A Prima Donna, de Steve Harley and Cockney Rebel (primera edición USA de 1976).
domingo, 29 de septiembre de 2024
SpinVinyl (Liubliana)
Entre el 24 y 28 de septiembre, tuve la oportunidad de embarcarme en un nuevo viaje académico para participar en el décimo congreso de la European Communication Research and Education Association (ECREA 2024), celebrado en la Facultad de Ciencias Sociales de la Universidad de Liubliana, en Eslovenia. Además de ser la cita más importante para la comunidad académica de la comunicación en Europa, este congreso me brindaba la oportunidad de explorar un rincón del continente que hasta ahora no había tenido la ocasión de conocer.
El viaje no fue del todo cómodo. La ruta incluía una escala en Zúrich que nos provocó algunos dolores de cabeza. Pero lo importante es que, finalmente, llegamos a nuestro destino. Después de acreditarme y participar en las primeras sesiones del congreso, decidí planear un par de visitas a tiendas de discos.
Durante el congreso coincidí con varios colegas de mi universidad y de otras instituciones, pero lo destacable para estas notas es que también estuvo allí mi buen amigo y compañero Antoni Roig, colega en la universidad, apasionado de la música y autor del blog The Music Picker. Coincidir con Toni en un viaje y no emprender una expedición en busca de vinilos sería simplemente impensable. Así que, como era de recibo, decidimos dedicar una tarde a visitar un par de tiendas de discos tras la finalización de la jornada de encuentros académicos.
Nuestra primera parada fue SpinVinyl, una pequeña pero encantadora tienda situada en pleno centro, a los pies de la colina donde se alza el castillo medieval de la ciudad y justo en la orilla del río Ljubljanica. SpinVinyl ofrece una selección cuidada, principalmente enfocada en las variantes más potentes del rock, aunque también tiene pequeñas secciones –apenas unas cuantas cubetas– dedicadas al pop, hip hop y jazz. La mayor parte del inventario eran discos nuevos, y los precios estaban en línea con los que se encuentran en otras tiendas de discos europeas.
La interesante decoración de la tienda provocó una anécdota divertida. Las paredes de SpinVinyl están engalanadas con vinilos especialmente valiosos, exhibidos en expositores de pared. Toni me llamó la atención sobre uno en particular: una primera edición americana de Ritual de lo Habitual, de Jane's Addiction. Aunque no estaría entre mis discos más deseados a día de hoy, no puedo decir que no me apetezca tenerlo en vinilo –después de todo, uno es un acumulador ecléctico y riguroso, y lo tuve y escuché mucho en CD. Me acerqué a echarle un vistazo y, sin demasiada sorpresa, comprobé que no tenía precio. Por curiosidad, pregunté al propietario cuánto costaba. Con una sonrisa socarrona me explicó que ese disco no estaba en venta por tres razones: primero, porque formaba parte de su colección personal; segundo, porque consideraba que no estaba en suficiente buen estado para venderlo; y tercero, porque no le apetecía ponerle precio. Por un momento, estuve tentado de hacerle una oferta (razonable, por supuesto), pero comprendí que no tenía sentido insistir; el hombre parecía muy firme en su decisión. Al final, aprecié su honestidad por no querer vender un disco en malas condiciones.
Aunque no compré ningún vinilo en SpinVinyl, la visita fue igualmente gratificante. Ver a Toni disfrutar de la tienda y salir con un par de ediciones yugoslavas de rock progresivo hizo que la experiencia valiera completamente la pena.
miércoles, 8 de mayo de 2024
Le Disquaire (qui bouquine) (Perpiñán)
Han pasado unos meses desde mi última entrada en este blog, donde compartí mi experiencia en Costa Rica durante un congreso. Hoy regreso para hablar de otro encuentro académico, esta vez en la villa de Perpiñán, donde se celebró un fascinante congreso sobre arte surrealista, en cuyo marco mi amigo Carlos Arenas había comisariado una exposición sobre H.R. Giger. Ante mis colegas académicos expertos en el arte de Vanguardia, en Salvador Dalí y en el artista suizo conocido en todo el mundo como el creador de Alien, dicté una comunicación sobre animación surrealista.
Mi viaje se produjo muy pocos días después del Record Store Day, una festividad especial para los amantes de la música y los coleccionistas de vinilos, y dado que ya había hecho algunas compras interesantes ese día en la que sin duda es mi tienda de discos favorita de mi ciudad, no tenía especial "necesidad" de adentrarme en grandes excavaciones. Además, mi agenda durante el congreso estaba llena.
Aun así, el viaje me brindó la oportunidad perfecta para explorar una tienda de discos desconocida. Justo enfrente del hotel donde me alojé se encontraba Le Disquaire (qui bouquine), un establecimiento modesto en espacio pero con una sorprendente variedad de material. La tienda, organizada en un solo espacio alargado, estaba repleta de CDs, DVDs, libros, cómics y una entrañable selección de casetes, todo ello dispuesto a ambos lados. En el centro del local, había dos grandes filas de cubetas de discos meticulosamente ordenados por géneros, destacando una buena selección de jazz y música francesa.
Siempre hay algo que llevarse a casa, claro. Al pagar, tuve una agradable charla con el propietario, quien, al ver lo que me llevaba, me señaló que los discos de New Wave y postpunk eran especialmente populares en su tienda, volando de los estantes tan rápido como llegaban. Me animó a visitar la tienda más a menudo si ese material me interesaba, y quedamos en volver a vernos en mi próxima visita a la ciudad.
Así, entre discos y charlas, mi viaje a Perpiñán se convirtió en una doble aventura: una inmersión en el mundo del arte surrealista y el descubrimiento igualmente emocionante de una pequeña tienda llena de tesoros musicales.
sábado, 18 de noviembre de 2023
Denki Records (San José)
El segundo día de mi estancia en Costa Rica, un domingo en el que amenazaba lluvia, me decidí a caminar los cinco kilómetros que separaban mi hotel, en el barrio de La Sabana, de la barriada Los Yoses, una de las zonas de San José que conviene visitar. A lo largo de la caminata, atravesé todo el centro de la ciudad y pasé por varios puntos de interés, como la Plaza de la Cultura, el Museo del Jade, el Museo Nacional de Costa Rica, y el edificio de la Asamblea Legislativa de Costa Rica. Después de bordear los campus de tres universidades —lo cual no me negaréis que es muy coherente con el propósito inicial de mi viaje al país—, llegué a la segunda (y última) tienda de discos que visité en la capital costarricense: Denki Records.
Al igual que Mister CD, Denki Records se encuentra en unas galerías comerciales, en este caso Casa Alameda Galerías. En uno de sus pequeños locales comerciales se ubica esta tienda de decoración minimalista, moderna, orientada a un público sofisticado. De Denki Records sorprende gratamente la variedad de su selección y de sus secciones: no en todas las tiendas del mundo se encuentra uno con un apartado dedicado a City Pop/Shibuya Kei/J-Pop.
Disfruté mucho explorando las cubetas de los géneros menos obvios y, como era de esperar y ya comprobé en la otra tienda de San José, encontré reediciones interesantes de rock latinoamericano. Cuando me despedí de la responsable de la tienda, no escatimé elogios a la belleza y la variedad de material de su tienda, y ella, en un gesto amable, me regaló algunos stickers. Si algún día vuelvo a San José, visitaré de nuevo Denki Records.
En la visita adquirí:
El valle interior, de Almendra (reedición de 2018).
Los jaivas (la ventana), de Los jaivas (reedición de 2020).
sábado, 11 de noviembre de 2023
Mister CD (San José)
Acabo de regresar de Costa Rica, bello país que he visitado con compañeros de mi universidad, para asistir al vigésimo tercer Congreso Mundial del International Council for Open and Distance Education, donde hemos presentado una investigación. Para mí, no hay mejor homenaje a un congreso dedicado a la innovación en educación que aprovechar la estancia en Costa Rica para visitar algunas de sus maravillas naturales y para continuar con mis expediciones en busca de tiendas de discos alrededor del mundo.
El centro de San José, la capital del país, es un avispero de gente y locales dedicados al comercio. Aunque Costa Rica, según lo que pude observar, es un inmenso jardín consagrado a la explotación sostenible de sus productos naturales y a la conservación de la flora y la fauna en espectaculares parques naturales, el downtown de San José es fundamentalmente un bullicioso bazar colmado de actividad desde las primeras horas de la mañana. A lo largo de la calle principal de ese vasto centro comercial —llamada con buen criterio Avenida Central— y en sus calles adyacentes, se agolpan coloridas tiendas, mercados, puestos en la calle, en definitiva gente comerciando en cualquier modalidad imaginable, desde grandes almacenes hasta tenderetes callejeros y vendedores ambulantes.
En ese ecosistema mercantil, la música desempeña un papel crucial, ya que muchas de las tiendas cuentan con speakers que anuncian ofertas, atrayendo al público como en una feria. Voceadores y voceadoras que tienen el acompañamiento de música a gran volumen, predominantemente géneros próximos a la cultura popular costarricense, como soca, salsa, merengue, cumbia y, por supuesto, reguetón. Si tienes tolerancia a esa polifonía que a veces se convierte en cacofonía, ir de compras por el centro de San José puede ser una experiencia interesante.
En unas galerías comerciales dentro de esa gran galería comercial que es la ciudad —en concreto en el Condominio Las Américas— se encuentra la pequeña tienda Mister CD. Como cabría imaginar, el local es el típico espacio funcional dentro de una galería comercial, sin muchas opciones de diseño de interior ni de disposición del espacio, poco más que un pequeño local rectangular con cubetas de discos de todo tipo.
Aunque la tienda se llama Mister CD, buena parte del espacio está ocupado por expositores de vinilos, en una organización básica en unos pocos géneros: rock clásico y hard rock y rock en español, con algunos apartados dedicados a artistas y bandas en cada uno de los géneros. La curiosidad me llevó directamente a la sección de rock latinoamericano, puesto que es ahí donde uno se puede topar con sorpresas poco probables en otras latitudes.
Como si la tienda quisiera darme la razón, encontré justo lo que deseaba: uno de los discos de Charly García que buscaba en vinilo. Al dirigirme al mostrador para pagar, compartí con el dependiente mi proyecto personal de visitar una tienda de discos en cada ciudad nueva que visito, lo que le pareció apasionante. Cuando le comenté que venía desde Barcelona, intentó mencionar una famosa tienda de discos de la ciudad, pero no pudo recordar el nombre exacto, y ninguna de las varias sugerencias que le di consiguió activar su memoria. Terminamos hablando sobre la dificultad de encontrar vinilos de Charly en buen estado en lugares del mundo que no sean Argentina. Contento, me fui de Mister CD con un ejemplar fantástico.
En la visita adquirí:
Cómo conseguir chicas, de Charly García (edición costarricense de 1989).
martes, 3 de octubre de 2023
Molar Discos & Libros (Madrid)
La segunda visita de mi reciente viaje a Madrid me llevó a una tienda que guarda cierta similitud con la que traté en la entrada anterior. Sin abandonar el Madrid más castizo, me desplacé de Lavapiés a La Latina para explorar Molar Discos & Libros. Como es probable que ya sepáis, visitar esta librería-disquería significa siempre pasar un buen rato entre cosas chulas.
Si juzgas por lo primero que ves en el escaparate y al entrar en el local, Molar se dedica a la venta de libros ilustrados y cómics. Si te adentras, es una librería un poco más general y una tienda de discos. Si miras en todos sus rincones, es un comercio de artículos de regalo y de objetos para el coleccionismo y para solaz del friki multidisciplinar con clase. Es, en suma, un lugar que parece estar diseñado específicamente para atraer a un público más o menos joven y más o menos bohemio —o que se siente joven y bohemio—, interesado en el arte, el diseño y los aspectos estéticos de formas culturales contemporáneas como el cine y la música indie. Una buena forma de resumirlo con un toque sociológico sería calificarlo de “bazar hipster”.
Haciendo un paréntesis: La cultura hipster no goza de una buena reputación, ni siquiera entre aquellos que la abrazan de forma consciente o inconsciente. Asociada invariablemente al fenómeno de la gentrificación, la presencia de la estética hipster en las calles de las grandes ciudades suele provocar suspicacias. Esto es así porque, evidentemente, aunque es un claro vector de mejora de los aspectos visuales de las calles comerciales en áreas que de otro modo quizá podrían entrar en cierta decadencia, también es un claro indicio de la colonización de estos barrios por parte de personas adineradas, en detrimento de las clases populares. En cualquier caso, si nos ponemos sociológicos, por mucho que sí exista de los efectos de la gentrificación, carecemos de evidencia empírica de los presuntos efectos negativos de la estética hipster. Y además, lo hipster debería ser capaz también de integrar su propia autocrítica, así que valga este paréntesis como llamada a que seamos conscientes de cómo se han configurado tanto los productos que consumimos como los espacios en los que consumimos.
Vamos a la tienda. Molar Discos & Libros es un espacio no muy amplio, pero sí muy bien organizado, lleno, como decía, de rincones que ofrecen cosas interesantes. La entrada y gran parte del local están destinados a la venta de libros, cómics y objetos artísticos, especialmente de tebeos indies y novela gráfica y libros de narrativa y ensayo contemporáneo, especialmente sobre música, cine y cultura.
Lo que más llama la atención en la sección de discos, que cuenta con una selección de novedades no demasiado extensa pero sí muy bien curada, es que buena parte de su oferta, en particular la de artistas de nuestro país, está organizada en apartados dedicados a sellos discográficos. Es, obviamente, un criterio de exposición de la oferta innovador y atractivo. Lo que sugiere, sobre todo, es que el público al que se dirige la tienda no es el consumidor masivo de música en formato físico (de hecho, lo cierto es que ese público ya no existe), sino un consumidor connaisseur, porque un poco enfermo de la música tienes que ser si prestas la misma (o más) atención a los sellos que a los artistas.
La organización por sellos y editores es una idea interesante, pero si todas las tiendas adoptaran esta idea, el mundo del comercio de música sería una especie de pesadilla distópica. Sin embargo, debo reconocer que la estrategia funcionó en mi caso. Desde que el pasado junio tuve la oportunidad de conversar largo y tendido con la cantautora Maria Rodés —quien amablemente aceptó la invitación para participar en un debate sobre comunicación y música en nuestra universidad—, deseaba comprar una copia en vinilo de su último álbum, Fuimos los dos, que hasta ese momento solo había escuchado en formato digital. Encontré el disco en la cubeta de Elefant Records, entre los numerosos vinilos con portadas maravillosas que edita este sello esencial. Aunque tenía interés en comprarlo, es probable que no lo hubiera hecho ese día si el disco hubiese estado ubicado en una sección general de pop-rock nacional. Así que sí, la estrategia funciona.
En la visita adquirí:
Mingus Ah Um, de Charles Mingus, (reedición de 2022),
Fuimos los dos, de Maria Rodés (2022).
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