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lunes, 3 de noviembre de 2025

Disk Union Shinjuku Second Hand (Tokio)

La tarde antes de partir de Tokio, cuando ya todo estaba prácticamente listo para volver a Barcelona, decidí que aún me quedaba una visita pendiente. Las maletas cerradas a medias, las horas contadas y la sensación de que el viaje se acababa, pero también esa necesidad un poco irracional (tan de los que coleccionamos discos) de exprimir hasta el último momento. Así que dediqué mis últimas horas en Tokio a hacer una escapada rápida a Disk Union, otro de los templos indiscutibles de la cultura vinilera japonesa.

En realidad, Disk Union no es una tienda, sino una constelación de ellas. Hay varias repartidas por todo Tokio, especializadas por géneros o formatos: jazz, metal, pop, clásica, incluso tiendas dedicadas solo al prog rock o al punk. Pero la que tenía más cerca, y la que más me interesaba, era una de las varias que hay en el barrio de Shinjuku, donde nos hospedamos en nuestra segunda estancia en la ciudad. En este caso era la Disk Union dedicada al vinilo y CD de segunda mano, esa dimensión paralela en la que tanto me gusta adentrarme.

Entré con el tiempo justo, sabiendo que no podía permitirme más que una visita relámpago, pero la impresión fue inmediata: una planta enorme, perfectamente ordenada, con cubetas interminables y esa mezcla de olor a cartón, plástico y nostalgia que solo las buenas tiendas de discos desprenden. La selección, cómo no, me pareció sencillamente abrumadora. Había de todo: primeras ediciones japonesas de clásicos occidentales, una cantidad imposible de joyas del City Pop, bandas sonoras, jazz, electrónica, incluyendo alguna rareza muy apetecible. No tuve tiempo de explorar al completo (ni de lejos), pero aun así cayeron algunas cosas, que entrarían en la categoría de hallazgos que solo aparecen cuando no los buscas. Fue una forma estupenda de cerrar la aventura vinílica en Japón.

Salí a la calle ya de noche, con esa mezcla de cansancio, euforia y melancolía que acompaña los finales de viaje. Mientras caminaba de vuelta al hotel, pensaba en todas las tiendas que había visitado durante mis dos semanas japonesas —de Osaka a Kioto, de Hiroshima a Tokio— y en lo que representan. Japón es, como ya he dicho hasta la saciedad, un paraíso para los amantes del vinilo. Da igual el tamaño del establecimiento o el barrio en el que esté: cada tienda tiene algo único, una curaduría precisa, una reverencia por el objeto musical que no debemos perder. Visitar tiendas de discos en Japón es una forma de entender un país que cuida los detalles, la memoria y la experiencia. Y la visita a Disk Union fue el broche perfecto: un último descenso al subsuelo paradisíaco del sonido, un recordatorio de por qué seguimos buscando, disco a disco, ese instante en el que la música vuelve a ser un descubrimiento.

En la visita adquirí:

Hands Up, de The Mods

Corner, de The Mods

さらば宇宙戦艦ヤマト: 愛の戦士たち (Arrivederci Yamato), de Hiroshi Miyagawa

宇宙海賊キャプテンハーロック (Space Pirate Captain Harlock), de Seiji Yokoyama

ラヴ・ソングス (Love Songs), de Mariya Takeuchi.

viernes, 31 de octubre de 2025

Tower Records Shibuya (Tokio)

La última etapa de nuestro viaje por Japón consistía en regresar a Tokio para pasar unos días antes de tomar el vuelo de regreso a Barcelona. La primera estancia en la ciudad, al comienzo del viaje, había sido más bien de tanteo, de aclimatación, y aunque había curioseado generosamente por algunos barrios, no había tenido ocasión de explorar ninguna tienda de discos. Así que me guardé esa carta para el final, como reservando un pequeño lujo para los últimos días.

El problema era evidente: Tokio es un paraíso para cualquier comprador de discos, y uno tiene que hacer un esfuerzo de contención si no quiere acabar con la maleta desbordada (o comprando una segunda valija) y el presupuesto temblando. Consciente de ello, decidí apuntar alto, pero con precisión: limitarme a una o dos visitas, que realmente merecieran la pena. Y en esa selección, la primera elección obvia era Tower Records Shibuya.

No hay guía ni blog que no la mencione: un templo, una rareza, una superviviente. En un mundo en el que las grandes megatiendas de música han desaparecido y se han convertido en recuerdos de un pasado glorioso, Tower Records de Tokio sigue ahí, recordándonos aquella época en la que viajar a Londres o a Nueva York era también la promesa de entrar en un edificio de ocho plantas lleno de discos. De aquellos gigantes solo queda este, y hay que decirlo: impresiona.

El edificio se levanta en pleno Shibuya, y desde fuera ya impone. El amarillo chillón, el rótulo gigante de No Music, No Life, el bullicio de la calle. Dentro, el vértigo: seis plantas dedicadas enteramente a la música, una de ellas consagrada al vinilo. Y no cualquier vinilo: una colección tan vasta que resulta abrumadora, con novedades, reediciones, rarezas, importaciones y una cuidada sección de segunda mano.

Allí me perdí durante un buen rato, pasando de cubeta en cubeta, mirando portadas, tomando infinitas notas mentales. En algún momento bajamos de la sexta planta al café de la segunda para descansar un poco y observar el flujo incesante de gente entrando y saliendo, cada cual con su bolsa inconfundible. Fue, en resumen, una experiencia completa: un pequeño ritual para cerrar el viaje.

Acabé comprando varias cosas, claro. Continué con mi acopio de ediciones de discos de Yellow Magic Orchestra, me llevé una flamante copia de la nueva edición definitiva de la banda sonora de la película de Satoshi Kon Perfect Blue (y otra copia para Gerard Casau, que me había puesto sobre la pista del disco antes del viaje). Y salí de allí con esa mezcla de euforia y aturdimiento que dejan los lugares donde uno siente que podría quedarse horas, o días, explorando.
Mientras bajaba por la escalera mecánica pensé: ¿es mejor un megastore de música donde esté (casi) todo, o una tienda pequeña de barrio donde te atienden, charlas y descubres por azar? Supongo que me gustaría imaginar un mundo donde ambos modelos convivieran, aunque sé que ese mundo hace tiempo que dejó de existir y que ya no va a volver. 

En Europa no queda nada parecido a Tower Records, y dudo que vuelva a haberlo algún día. Pero qué reconfortante resulta saber que, al menos en Tokio, todavía resiste, bien vivo, este vestigio de una cultura musical que fue —y quizá sigue siendo— algo mejor.

Salí a la calle con mi nueva tote bag amarilla colgando, llena de discos, y con esa sensación tan grata de haber cerrado un círculo. Había tardado todo el viaje en llegar hasta allí, y valió la pena.

domingo, 21 de septiembre de 2025

Stereo Records (Hiroshima)

Después de pasar unos días en Kioto —donde, como ya expliqué en las dos entradas anteriores, disfruté de estupendas tiendas de discos—, la siguiente etapa de nuestro viaje nos llevó a Hiroshima. El objetivo principal en la ciudad era hacer turismo histórico y, por qué no decirlo, emocional: visitar el Museo Memorial de la Paz, dedicado a las víctimas del bombardeo atómico de 1945. Al respecto no es necesario dar muchos detalles: la visita es dura, golpea tanto al corazón como al cerebro y, desde luego, no deja indiferente. Salí de allí tocado, dándole vueltas a cuán frágil es la memoria si no se cultiva y a la crueldad humana. Además —aunque no tenga que ver mucho con la temática de este blog—, me fui con la sensación de que, de algún modo, esa visita cerraba un ciclo personal que comenzó hace ya más de una década, cuando visité las playas de Normandía, y continuó hace tres años, cuando visité Pearl Harbor en Hawái. Al recorrer Hiroshima completaba una especie de tríptico del siglo XX bélico, un itinerario por la Historia que te deja, inevitablemente, bastante impactado.

Pero Hiroshima también era parada estratégica para acercarnos a Miyajima y contemplar el santuario flotante de Itsukushima, uno de esos paisajes icónicos de Japón que, por mucho que lo hayas visto en fotografías, te deja sin aliento al vivirlo en persona.

Precisamente porque mis expectativas en la ciudad estaban tan focalizadas, no había previsto ninguna parada vinilera. Y, sin embargo, el azar quiso otra cosa. Paseando por el centro, casi por casualidad, me topé con una disquería que resultó ser de las más bonitas que visité en todo el viaje: Stereo Records.

La tienda ocupa la segunda planta de un edificio (lo que en Japón equivale a la primera, ya que no utilizan formalmente la planta cero como referencia). Entrar en Stereo Records es encontrarse con un espacio amplio, bañado por la luz natural que entra a raudales por grandes ventanales. Está situada en una calle comercial tranquila, de esas que en Hiroshima sorprenden por su escala humana: quizá fruto de la reconstrucción racional de la ciudad tras la destrucción o simplemente porque se hizo con un enfoque distinto al de otras grandes ciudades japonesas, el urbanismo aquí se percibe cercano y habitable.

Dentro, se respira el buen gusto japonés en sus cubetas clasificadas con mimo. Entre las secciones me llamaron la atención encontré etiquetas deliciosas, como Free Soul o Soft Rock, que ya de entrada revelan la personalidad de la tienda. La selección de segunda mano es variada y tentadora: City Pop, soul, new wave... Música japonesa de todo tipo y discos occidentales usados en excelente estado. Como siempre en Japón, la sensación es la de un coleccionismo riguroso y respetuoso con cada pieza.

La anécdota simpática de la visita es que mientras curioseaba entre las cubetas, uno de los dependientes se acercó con una nota escrita en un folio con ordenador, en la que se anunciaba que justo ese día había un 20% de descuento en todos los discos usados. Un detalle que demuestra esa amabilidad japonesa que busca facilitar la comunicación con todos los clientes, incluso los extranjeros. 

Y, claro, aquello fue como darme permiso para dejarme llevar todavía más. La tentación era enorme: podría haber empaquetado media tienda. Pero la prudencia se impuso. Al viaje le uedaba todavía la traca final de Tokio, así que decidí ser selectivo. Aun así, hice algunas compras estratégicas. Continué mi búsqueda de algunas piezas clave de City Pop y encontré una joya imprescindible: Moonglow de Tatsuro Yamashita. También me atrajo poderosamente la portada de otro disco y, tras escuchar un poco más allí mismo, me decidí por él: Hello City Lights, de Joe Nakamura & Eastwoods, un proyecto que mantiene viva la llama del soul y el rhythm & blues clásico en Japón, y que me pareció una propuesta interesantísima. Además, entraron en la saca algunos discos de segunda mano que me interesaron por razones diversas.

Stereo Records fue una sorpresa gozosa: una tienda independiente con un catálogo exquisito, un espacio luminoso y acogedor, y un personal que sabe cómo hacerte sentir en casa. Complementó a la perfección unos días intensos en Hiroshima y Miyajima, donde la memoria histórica, la espiritualidad, la belleza natural y el capricho —probar un okonomiyaki y unas ostras fritas en una taberna especializada en ese manjar local—, se unieron a la música para dejarme otro recuerdo imborrable de mi viaje a Japón en el verano de 2025.

viernes, 12 de septiembre de 2025

Jet Set (Kioto)

La segunda tienda que visité en Kioto fue la mítica Jet Set Records. Y digo mítica porque realmente lo es: fundada en 1998, pronto se convirtió en una institución para la fauna melómana de la ciudad y, por extensión, para todo aquel que se deje caer por Japón con la excusa de comprar discos. En la actualidad, Jet Set es una cadena con varios establecimientos. El que visité es el cuartel general de Kioto.

Como tantos negocios en el país, Jet Set no está a pie de calle, sino en una sexta planta, en un edificio bastante normal, que no anticipa lo que te espera dentro. Nada de sótanos lúgubres ni cuchitriles atestados de polvo: lo que te recibe cuando sales del ascensor es un espacio amplio, luminoso, con un interiorismo muy cercano a lo exquisito, pensado para que rebuscar en cubetas sea una experiencia placentera y no una visita a la jungla de resultado incierto.

En la guía de recomendaciones que me hizo llegar antes de mi viaje, mi amigo Gerad Casau describió la tienda así:
“El gran emblema de las tiendas de discos en Kioto, diáfana y sofisticada, muy bien ‘curada’, y siempre con la posibilidad de escuchar aquello que te llama la atención. No es tan desbordante como las que encontrarás en Tokio, más enfocada a novedades y reediciones que a hallazgos de segunda mano, pero la selección es amplia y con cosas inesperadas: lo primero que vi al entrar por la puerta fue un recopilatorio de girl groups ye-yé editado por Munster.”
Gerard no exageraba. Lo primero que me llamó la atención al entrar fue una gran esfera con la mitad superior transparente con el logo retrofuturista de la tienda incrustado en su interior, como si hubiésemos atravesado un portal espacial directo a un planeta donde el buen gusto japonés dicta la ley. Mientras en otras latitudes hay tiendas de discos que parecen prosperar gracias a la acumulación caótica, Jet Set demuestra que se puede ser exhaustivo sin renunciar a la elegancia.
 
La música de fondo acompañaba la experiencia con sutileza: primero sonó algo experimental que no supe identificar, luego pop japonés de ese que eleva la etiqueta “sofisticado” a niveles casi intimidantes. 

Me contuve. O al menos lo intenté. Ya había gastado algo de presupuesto en Joe’s Garage y todavía me esperaba Tokio, así que traté de ser comedido. Aun así, acabé llevándome tres reediciones absolutamente irresistibles, entre ellas una de Yellow Magic Orchestra (porque siempre es buen momento para hacer acopio de YMO en vinilo) y un par de clásicos que brillaban en las cubetas. Jet Set está claramente orientada a la novedad y a mantener un buen fondo de reediciones más que a la segunda mano, pero en su terreno son invencibles: precisión quirúrgica, catálogo impecable y esa sensación de que todo lo que está a la venta merece estar ahí.

Un pequeño paraíso para el comprador de discos. No promete hallazgos azarosos a precio de ganga (para eso habrá que seguir buscando en otras cubetas), pero sí garantiza una experiencia única: un lugar en el que todo respira música, diseño y criterio. Y, sinceramente, ¿no es eso lo que uno busca en Japón?

En la visita adquirí:

BGM, de Yellow Magic Orchestra (reedición japonesa de 2019)

Go Ahead!, de Tatsuro Yamashita (reedición japonesa de 2023)

Niagara Moon, de Eiichi Ohtaki (reedición japonesa de 2025).

jueves, 4 de septiembre de 2025

Joe’s Garage (Kioto)

Después de unos días intensos en Osaka, la siguiente etapa de nuestro viaje nos condujo a Kioto, esa ciudad de la que uno siempre ha oído hablar con reverencia (templos, geishas, jardines zen…) y que, a pesar de todo ese bagaje mitificado, consigue sobrepasar las expectativas. Qué voy a decir de Kioto que no sepáis ya, o que no hayáis intuido alguna vez: un lugar en el que la espiritualidad milenaria convive con el barullo de las calles comerciales y donde es posible pasar en cuestión de minutos de un santuario silencioso a una tienda saturada de souvenirs de Hello Kitty.

Nada más llegar, decidimos lanzarnos al Nishiki Ichiba, un mercado cubierto que funciona como una de las arterias de la ciudad. Allí late la vida cotidiana de Kioto, aunque conviene aclarar que ese latido está hoy amplificado por centenares de visitantes que recorren la galería, fascinados ante la inagotable sucesión de puestos de street food. En el mercado Nishiki cada pocos pasos se abre una nueva tentación: un té verde que promete longevidad, unos tsukemono (encurtidos) cuya acidez podría hacerte despertar de un jet-lag crónico, un mochi que amenaza con pegarse al paladar, o incluso un puesto enteramente consagrado al universo Snoopy (que, supongo, ya cuenta como tradición japonesa a estas alturas). La experiencia, más que gastronómica, es sensorial, un flujo constante de olores, colores y texturas entre cubos de anguila, brochetas de pulpo y botellitas de sake artesanal.

Al final del mercado, nos encontramos el Nishiki Tenmangu, un santuario sintoísta dedicado a Tenjin, deidad de la erudición y los estudios. Ya me conocéis: no pude evitar cierto entusiasmo profesional de estar en un santuario dedicado al saber académico y frecuentado por estudiantes en busca de buena fortuna en sus exámenes. Y, por supuesto, como todos los santuarios Tenmangu, con la estatua reglamentaria de un buey de bronce cuya cabeza hay que acariciar para atraer la sabiduría. (Sí, lo hicimos, y sí, la foto existe).

Fue después de esa visita cuando dejamos a una parte de la expedición en una tienda de kimonos y me lancé a explorar Joe’s Garage, un nombre que aparecía en la lista de recomendaciones de Ángela pero no en la de Gerard Casau, amigo, crítico de cine, melómano empedernido y uno de mis oráculos en japonesismos. Me alegra poder invertir los papeles y ser yo ahora quien le pase a él la nota mental: Gerard, la próxima vez que visites Kioto, no te pierdas Joe’s Garage.

El rótulo de la tienda ya es toda una declaración de intenciones: su nombre es un homenaje explícito al disco de Frank Zappa, y toma prestado como logo la célebre banana de Warhol para The Velvet Underground. Con esas credenciales, las expectativas no podían ser bajas.

La tienda se encuentra al norte de Shijo-dori, la gran avenida comercial de Kioto, pero no es de esas que se exhiben orgullosas a pie de calle: está escondida en la tercera planta de un edificio tan discreto como el ascensor que lo custodia, un artilugio de esos que ponen a prueba el temple de un claustrofóbico como yo. Al abrir la puerta, uno se encuentra con un espacio modesto, pero absolutamente saturado de discos, apilados con una disciplina obsesiva que convierte el lugar en una especie de santuario urbano del vinilo. Fundada en 1986, Joe’s Garage se ha consolidado como referencia para los melómanos locales, un sitio donde el rock de los 60 y 70, el jazz más insobornable y, por supuesto, el espíritu zappiano siguen vivos y coleando.

El dueño, un rockero veterano, gestiona la tienda con un cuidado artesanal. Las estanterías rebosan: CDs, vinilos nuevos y usados, aparentes rarezas, bootlegs y camisetas, pósters y cachivaches que refuerzan la estética del lugar. Lo más fascinante es su curaduría obsesiva: junto a las secciones habituales de jazz, rock o world music aparecen categorías inesperadas como “female vocalists”"rock guitarrists" o “Japanese recommend (sic) artists”. Esa obsesión por el detalle refleja a la perfección lo que, como ya he dicho en entradas anteriores, tanto me fascina de la cultura musical japonesa: la capacidad de llevar una pasión hasta el extremo, hasta el punto de convertirla en un sistema de clasificación propio.

En la sección de música japonesa vi verdaderas joyas, aunque mi desentrenado ojo occidental (y mi cartera en modo prudente) me hicieron decantarme por opciones poco arriesgadas. El dueño hablaba un inglés excelente, lo que nos permitió intercambiar impresiones sin recurrir al habitual catálogo de aspavientos y onomatopeyas. Al pagar mi compra, me regaló ese tipo de gesto que convierte una transacción en una experiencia: “Excellent choice”, me dijo con una sonrisa cómplice. Lo curioso es que lo decía por unas compras que eran, en realidad, bastante previsibles. Yo, para no quedarme atrás, devolví el cumplido a su selección: “Podría empaquetar toda la sección de música japonesa y llevármela entera a casa”. Él, divertido, me animó a hacerlo. Y aunque por un instante lo consideré (ya me veía hipotecando el futuro para enviar un contenedor de discos a Barcelona), la sensatez se impuso y nos conformamos con lo escogido.

Joe’s Garage me conquistó. No solo por su catálogo cuidado y su independencia radical frente a cadenas y modas, sino también por la calidez de su trato y la sensación, casi litúrgica, de estar entrando en un templo. Un lugar que uno abandona con bolsas en la mano, sí, pero sobre todo con la certeza de que, en ese rincón perdido de la tercera planta de un edificio de Kioto, sigue latiendo una forma de entender la música que resiste al tiempo.

En la visita adquirí:

Technodelic, de Yellow Magic Orchestra (primera edición japonesa de 1981)

X∞Multiplies (X∞マルティプライズ), de Yellow Magic Orchestra (edición japonesa de 1980)

Tin Pan Alley (o Caramel Mama キャラメル・ママ), de Tin Pan Alley (o Caramel Mama) (reedición japonesa de 1979).

Tin Pan Alley 2. de Tin Pan Alley (primera edición de 1977).

(Además, adquirí otra edición del primer álbum de Yellow Magic Orchestra, que ya está en poder de su destinatario).

lunes, 1 de septiembre de 2025

Time Bomb Records (Osaka)

Si King Kong es una institución histórica en el barrio de Amerikamura, Time Bomb Records representa otra cara fundamental de la escena musical de Osaka. Nació en 1990 como una pequeña tienda en ese mismo barrio, y apenas un año después ya había dado un salto decisivo: convertirse también en sello discográfico. Con el tiempo, la tienda se trasladó al barrio de Yotsubashi, pero nunca perdió la esencia que la define: ser un punto de referencia para el underground de la zona, con un catálogo explosivo de punk, rockabilly y garage que ha dado visibilidad a algunos de los grupos más singulares e irreverentes de la música independiente japonesa. Entre ellos destaca The 5.6.7.8’s, la banda femenina de garage con estética sesentera que muchos descubriríamos años después en anuncios y en bandas sonoras internacionales, y cuya estética e ideario resume bien el espíritu de Time Bomb: un puente entre la energía underground local y una proyección que trasciende fronteras.

Como entenderéis, con estas credenciales, la visita a Time Bomb era absolutamente imprescindible. Además, tuve la suerte de que el hotel en el que nos alojamos durante nuestra estancia en la ciudad estaba cerca tanto de Amerikamura como de Yotsubashi (en realidad son zonas de Osaka vecinas), lo que facilitaba la logística. Eso sí, Time Bomb fue la segunda y última tienda que pude visitar en Osaka, dado que los horarios, y sobre todo el hecho de que muchas estaban cerradas el miércoles —justo el día en que yo podía rascar tiempo para ir— me obligaron a seleccionar. 

Lo resumí así en Bluesky:


El rato que pasé en Time Bomb solo puede calificarse de glorioso. Y no porque fuera una tienda inmensa con un catálogo inabarcable (que también), sino porque transmite con claridad ese espíritu japonés de llevar una especialidad hasta sus límites. En este caso, Time Bomb es un auténtico templo del garage y de las formas más salvajes y energéticas del rock’n’roll. La ubicación ya marca el tono: la tienda está en un sótano, pero no en el de un centro comercial, sino en el primer subsuelo de un edificio de oficinas. Hay que entrar en un hall anodino, bajar en ascensor y, de repente, desembocar en una galería subterránea donde se encuentra el local. Al cruzar la puerta, el impacto es inmediato: ningún centímetro de pared queda libre. Todo está cubierto por pósters, portadas, memorabilia, tipografías personalizadas por sección…

El catálogo abruma: punk, new wave, garage, hardcore, surf, rockabilly… Todos los géneros vinculados a la tradición más ruidosa y gamberra del rock’n’roll tienen su espacio, con especial atención a la música norteamericana que los inspiró. Pero lo que me pareció más sugerente e interesante fue, sin duda, la sección dedicada a los artistas japoneses, repleta de discos y referencias, muchas de ellas editadas por el propio sello Time Bomb. Ojalá vuelva algún día con más presupuesto y mejor investigación realizada.

Sumergirse en las cubetas de la tienda fue bucear en la subcultura garagera y psicodélica japonesa: un viaje paralelo dentro de mi propio viaje. La tienda, su estética y su atmósfera me parecieron una auténtica gozada, un lugar donde se entiende perfectamente el modo en que se construyen y mantienen con vitalidad las escenas locales. Y a diferencia de mi visita a King Kong, aquí sí que empecé a llenar la maleta. No en exceso, pero sí lo suficiente como marcar el inicio real de mi hunting (aunque dos de los  discos que conpré son muy "locales", pero poco vinculados a la escena a la que Time Bomb está consagrada). En cualquier caso, me pareció un buen lugar para iniciar la adquisición de los discos que sí llevaba en mi lista de deseos. La visita fue, así, una experiencia completa: música, historia, subcultura y el placer físico de rebuscar vinilos en un espacio que es mucho más que una tienda.

Time Bomb no es solo una parada obligada en Osaka: es un destino en sí mismo.

En esta visita adquirí:

Yellow Magic Orchestra  (イエロー・マジック・オーケストラ ), de ídem (primera edición japonesa del disco de debut de la banda de 1978).

For You, de Tatsuro Yamashita (reedición limitada japonesa de 180g de 2023).

Bomb The Rocks: Early Days Singles, de The 5.6.7.8's (edición de 2004 para UK y Europa del disco editado por Time Bomb Records, la curiosidad aquí es que el original es difícil de encontrar incluso en la tienda del sello, así que adquirí una copia europea a un precio inmejorable).  

sábado, 30 de agosto de 2025

King Kong (キングコング)(Osaka)

Este agosto he pasado dos semanas recorriendo una pequeña, pero maravillosa, parte de Japón con mi familia. ¿Qué os voy a contar que no se sepa ya de ese país fascinante? Qué os voy a explicar de ese magnetismo adictivo que nace de la mezcla, extraña y armoniosa, de tradición milenaria e innovación radical, de recovecos silenciosos y calles abarrotadas de personas y neones vibrantes, de pasión desmedida por la cultura popular más alocada y refinamiento extremo. Todos esos tópicos son ciertos, pero no hay que repetirlos por enésima vez si no quieres parecer un influencer de Instagram cualquiera.

En nuestro recorrido visitamos varias ciudades —en etapas intensas y variadas— y, como no podía ser de otra manera, además de templos, barrios, museos y gastronomía, también busqué huecos para uno de mis grandes desvelos: visitar el mayor número posible (dentro de lo razonable) de tiendas de discos. Porque, como sabréis si tenéis suficiente interés en la música como para leer este blog, Japón es uno de los paraísos mundiales de la cultura musical. En ese edén melómano y audiófilo,  el formato físico no solo resiste, sino que goza de un prestigio y un vigor extraordinarios. Las tiendas de vinilos (y CD) son innumerables, desbordantes, y constituyen un vasto y sólido ecosistema cultural. Para mí, viajar a Japón significaba también sumergirme en la medida de lo posible en esa plétora de ediciones cuidadas y reediciones de referencia y en ese océano de oportunidades para el coleccionista o, simplemente, para el curioso. 

El viaje empezó y terminó en Tokio, pero me reservé las legendarias tiendas de la capital para el final, consciente de que allí iba a ser inevitable caer en compras abundantes y que cargar desde los primeros días con un buen volumen de discos sería un infierno logístico. En la primera etapa tokiota, de tres días y medio, preferí dedicarme a explorar otros atractivos. La primera incursión vinilera llegaría en Osaka. Conviene recordar que este era un viaje familiar, en el que estuve acompañado de tres compañeras de ruta —melómanas también, pero dentro de límites razonables—, así que no podía monopolizar el itinerario con largas horas de cubeteo. Por ellas y por mí mismo: las ciudades que visitamos tienen tanto que ofrecer, que habría sido un error perderse siquiera un poco de su riqueza cultural por pasar demasiado tiempo entre discos. Eso sí, siempre se puede (y se debe) buscar huecos estratégicos.

En Osaka, la primera tienda que visité fue King Kong Records, una recomendación de la mejor fuente: mi hija Ángela, que había investigado previamente qué lugares podrían interesarnos. King Kong es toda una institución en el barrio de Amerikamura, epicentro de la cultura juvenil de Osaka desde finales de los años setenta. Según la información que he podido recabar, la tienda fue fundada en 1979 y formó parte activa de la transformación del vecindario en un hervidero de moda importada, música y estilos alternativos. Aunque muchas de las tiendas pioneras de ropa americana y objetos vintage han ido desapareciendo o han sido reemplazadas por comercios “menos auténticos”, parece haber consenso en que King Kong se ha mantenido fiel a su espíritu original.

El negocio se trasladó en 2017 al primer sótano de un centro comercial, por lo que puede resultar un poco difícil de localizar desde la calle, pero basta con seguir la gran escalera mecánica que baja hasta la planta B1 para dar con ella. Una vez dentro, se abre un espacio amplio y diáfano, con miles de discos de segunda mano que se extienden en largas filas de cubetas, mientras las paredes se convierten en una galería improvisada de portadas. Aquí el minimalismo brilla por su ausencia: cada centímetro de la tienda está ocupado, y la sensación es la de un auténtico festín visual y musical.

El catálogo que maneja la tienda es apabullante: afirman que rondan los 50.000 discos, con hasta 300 nuevas incorporaciones semanales. Pop y rock, tanto japonés como occidental, son los géneros con mayor representación, junto con una notable sección de hip hop. El jazz está menos presente, pero hay algunas cubetas de City Pop que prometen hacer las delicias de los buscadores con paciencia.

En mi caso, no encontré piezas que despertaran la urgencia de adquirirlas, quizás por falta de suerte, de comunicación o de decisión en esas etapas iniciales del periplo. Aun así, la visita fue muy gratificante. De hecho, fue la única tienda del viaje donde mis acompañantes se animaron a comprar un par de pequeños tesoros a un precio muy razonable que se llevaron como recuerdo.

King Kong quedó como una primera parada entrañable en el viaje: quizá no decisiva en términos de hallazgos, pero sí significativa como inicio de mi ruta vinílica por Japón. Si alguna vez viajáis a Osaka, no dejéis de pasar por allí. Esas filas de cubetas infinitas y ese ambiente juvenil que respira Amerikamura hacen que merezca la pena dedicarle un buen rato de exploración.