Después de unos días intensos en Osaka, la siguiente etapa de nuestro viaje nos condujo a Kioto, esa ciudad de la que uno siempre ha oído hablar con reverencia (templos, geishas, jardines zen…) y que, a pesar de todo ese bagaje mitificado, consigue sobrepasar las expectativas. Qué voy a decir de Kioto que no sepáis ya, o que no hayáis intuido alguna vez: un lugar en el que la espiritualidad milenaria convive con el barullo de las calles comerciales y donde es posible pasar en cuestión de minutos de un santuario silencioso a una tienda saturada de souvenirs de Hello Kitty.
Nada más llegar, decidimos lanzarnos al Nishiki Ichiba, un mercado cubierto que funciona como una de las arterias de la ciudad. Allí late la vida cotidiana de Kioto, aunque conviene aclarar que ese latido está hoy amplificado por centenares de visitantes que recorren la galería, fascinados ante la inagotable sucesión de puestos de street food. En el mercado Nishiki cada pocos pasos se abre una nueva tentación: un té verde que promete longevidad, unos tsukemono (encurtidos) cuya acidez podría hacerte despertar de un jet-lag crónico, un mochi que amenaza con pegarse al paladar, o incluso un puesto enteramente consagrado al universo Snoopy (que, supongo, ya cuenta como tradición japonesa a estas alturas). La experiencia, más que gastronómica, es sensorial, un flujo constante de olores, colores y texturas entre cubos de anguila, brochetas de pulpo y botellitas de sake artesanal.
Al final del mercado, nos encontramos el Nishiki Tenmangu, un santuario sintoísta dedicado a Tenjin, deidad de la erudición y los estudios. Ya me conocéis: no pude evitar cierto entusiasmo profesional de estar en un santuario dedicado al saber académico y frecuentado por estudiantes en busca de buena fortuna en sus exámenes. Y, por supuesto, como todos los santuarios Tenmangu, con la estatua reglamentaria de un buey de bronce cuya cabeza hay que acariciar para atraer la sabiduría. (Sí, lo hicimos, y sí, la foto existe).
Fue después de esa visita cuando dejamos a una parte de la expedición en una tienda de kimonos y me lancé a explorar
Joe’s Garage, un nombre que aparecía en la lista de recomendaciones de Ángela pero no en la de
Gerard Casau, amigo, crítico de cine, melómano empedernido y uno de mis oráculos en
japonesismos. Me alegra poder invertir los papeles y ser yo ahora quien le pase a él la nota mental:
Gerard, la próxima vez que visites Kioto, no te pierdas Joe’s Garage.
El rótulo de la tienda ya es toda una declaración de intenciones: su nombre es un homenaje explícito al disco de Frank Zappa, y toma prestado como logo la célebre banana de Warhol para The Velvet Underground. Con esas credenciales, las expectativas no podían ser bajas.
La tienda se encuentra al norte de Shijo-dori, la gran avenida comercial de Kioto, pero no es de esas que se exhiben orgullosas a pie de calle: está escondida en la tercera planta de un edificio tan discreto como el ascensor que lo custodia, un artilugio de esos que ponen a prueba el temple de un claustrofóbico como yo. Al abrir la puerta, uno se encuentra con un espacio modesto, pero absolutamente saturado de discos, apilados con una disciplina obsesiva que convierte el lugar en una especie de santuario urbano del vinilo. Fundada en 1986, Joe’s Garage se ha consolidado como referencia para los melómanos locales, un sitio donde el rock de los 60 y 70, el jazz más insobornable y, por supuesto, el espíritu zappiano siguen vivos y coleando.
El dueño, un rockero veterano, gestiona la tienda con un cuidado artesanal. Las estanterías rebosan: CDs, vinilos nuevos y usados, aparentes rarezas, bootlegs y camisetas, pósters y cachivaches que refuerzan la estética del lugar. Lo más fascinante es su curaduría obsesiva: junto a las secciones habituales de jazz, rock o world music aparecen categorías inesperadas como “female vocalists”, "rock guitarrists" o “Japanese recommend (sic) artists”. Esa obsesión por el detalle refleja a la perfección lo que, como ya he dicho en entradas anteriores, tanto me fascina de la cultura musical japonesa: la capacidad de llevar una pasión hasta el extremo, hasta el punto de convertirla en un sistema de clasificación propio.
En la sección de música japonesa vi verdaderas joyas, aunque mi desentrenado ojo occidental (y mi cartera en modo prudente) me hicieron decantarme por opciones poco arriesgadas. El dueño hablaba un inglés excelente, lo que nos permitió intercambiar impresiones sin recurrir al habitual catálogo de aspavientos y onomatopeyas. Al pagar mi compra, me regaló ese tipo de gesto que convierte una transacción en una experiencia: “Excellent choice”, me dijo con una sonrisa cómplice. Lo curioso es que lo decía por unas compras que eran, en realidad, bastante previsibles. Yo, para no quedarme atrás, devolví el cumplido a su selección: “Podría empaquetar toda la sección de música japonesa y llevármela entera a casa”. Él, divertido, me animó a hacerlo. Y aunque por un instante lo consideré (ya me veía hipotecando el futuro para enviar un contenedor de discos a Barcelona), la sensatez se impuso y nos conformamos con lo escogido.
Joe’s Garage me conquistó. No solo por su catálogo cuidado y su independencia radical frente a cadenas y modas, sino también por la calidez de su trato y la sensación, casi litúrgica, de estar entrando en un templo. Un lugar que uno abandona con bolsas en la mano, sí, pero sobre todo con la certeza de que, en ese rincón perdido de la tercera planta de un edificio de Kioto, sigue latiendo una forma de entender la música que resiste al tiempo.
En la visita adquirí:
Technodelic, de Yellow Magic Orchestra (primera edición japonesa de 1981)
X∞Multiplies (X∞マルティプライズ), de Yellow Magic Orchestra (edición japonesa de 1980)
Tin Pan Alley (o Caramel Mama キャラメル・ママ), de Tin Pan Alley (o Caramel Mama) (reedición japonesa de 1979).
Tin Pan Alley 2. de Tin Pan Alley (primera edición de 1977).
(Además, adquirí otra edición del primer álbum de Yellow Magic Orchestra, que ya está en poder de su destinatario).