La tarde antes de partir de Tokio, cuando ya todo estaba prácticamente listo para volver a Barcelona, decidí que aún me quedaba una visita pendiente. Las maletas cerradas a medias, las horas contadas y la sensación de que el viaje se acababa, pero también esa necesidad un poco irracional (tan de los que coleccionamos discos) de exprimir hasta el último momento. Así que dediqué mis últimas horas en Tokio a hacer una escapada rápida a Disk Union, otro de los templos indiscutibles de la cultura vinilera japonesa.
En realidad, Disk Union no es una tienda, sino una constelación de ellas. Hay varias repartidas por todo Tokio, especializadas por géneros o formatos: jazz, metal, pop, clásica, incluso tiendas dedicadas solo al prog rock o al punk. Pero la que tenía más cerca, y la que más me interesaba, era una de las varias que hay en el barrio de Shinjuku, donde nos hospedamos en nuestra segunda estancia en la ciudad. En este caso era la Disk Union dedicada al vinilo y CD de segunda mano, esa dimensión paralela en la que tanto me gusta adentrarme.
Entré con el tiempo justo, sabiendo que no podía permitirme más que una visita relámpago, pero la impresión fue inmediata: una planta enorme, perfectamente ordenada, con cubetas interminables y esa mezcla de olor a cartón, plástico y nostalgia que solo las buenas tiendas de discos desprenden. La selección, cómo no, me pareció sencillamente abrumadora. Había de todo: primeras ediciones japonesas de clásicos occidentales, una cantidad imposible de joyas del City Pop, bandas sonoras, jazz, electrónica, incluyendo alguna rareza muy apetecible. No tuve tiempo de explorar al completo (ni de lejos), pero aun así cayeron algunas cosas, que entrarían en la categoría de hallazgos que solo aparecen cuando no los buscas. Fue una forma estupenda de cerrar la aventura vinílica en Japón.
Salí a la calle ya de noche, con esa mezcla de cansancio, euforia y melancolía que acompaña los finales de viaje. Mientras caminaba de vuelta al hotel, pensaba en todas las tiendas que había visitado durante mis dos semanas japonesas —de Osaka a Kioto, de Hiroshima a Tokio— y en lo que representan. Japón es, como ya he dicho hasta la saciedad, un paraíso para los amantes del vinilo. Da igual el tamaño del establecimiento o el barrio en el que esté: cada tienda tiene algo único, una curaduría precisa, una reverencia por el objeto musical que no debemos perder. Visitar tiendas de discos en Japón es una forma de entender un país que cuida los detalles, la memoria y la experiencia. Y la visita a Disk Union fue el broche perfecto: un último descenso al subsuelo paradisíaco del sonido, un recordatorio de por qué seguimos buscando, disco a disco, ese instante en el que la música vuelve a ser un descubrimiento.
En la visita adquirí:
Hands Up, de The Mods
Corner, de The Mods
さらば宇宙戦艦ヤマト: 愛の戦士たち (Arrivederci Yamato), de Hiroshi Miyagawa
宇宙海賊キャプテンハーロック (Space Pirate Captain Harlock), de Seiji Yokoyama
ラヴ・ソングス (Love Songs), de Mariya Takeuchi.



