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viernes, 12 de septiembre de 2025

Jet Set (Kioto)

La segunda tienda que visité en Kioto fue la mítica Jet Set Records. Y digo mítica porque realmente lo es: fundada en 1998, pronto se convirtió en una institución para la fauna melómana de la ciudad y, por extensión, para todo aquel que se deje caer por Japón con la excusa de comprar discos. En la actualidad, Jet Set es una cadena con varios establecimientos. El que visité es el cuartel general de Kioto.

Como tantos negocios en el país, Jet Set no está a pie de calle, sino en una sexta planta, en un edificio bastante normal, que no anticipa lo que te espera dentro. Nada de sótanos lúgubres ni cuchitriles atestados de polvo: lo que te recibe cuando sales del ascensor es un espacio amplio, luminoso, con un interiorismo muy cercano a lo exquisito, pensado para que rebuscar en cubetas sea una experiencia placentera y no una visita a la jungla de resultado incierto.

En la guía de recomendaciones que me hizo llegar antes de mi viaje, mi amigo Gerad Casau describió la tienda así:
“El gran emblema de las tiendas de discos en Kioto, diáfana y sofisticada, muy bien ‘curada’, y siempre con la posibilidad de escuchar aquello que te llama la atención. No es tan desbordante como las que encontrarás en Tokio, más enfocada a novedades y reediciones que a hallazgos de segunda mano, pero la selección es amplia y con cosas inesperadas: lo primero que vi al entrar por la puerta fue un recopilatorio de girl groups ye-yé editado por Munster.”
Gerard no exageraba. Lo primero que me llamó la atención al entrar fue una gran esfera con la mitad superior transparente con el logo retrofuturista de la tienda incrustado en su interior, como si hubiésemos atravesado un portal espacial directo a un planeta donde el buen gusto japonés dicta la ley. Mientras en otras latitudes hay tiendas de discos que parecen prosperar gracias a la acumulación caótica, Jet Set demuestra que se puede ser exhaustivo sin renunciar a la elegancia.
 
La música de fondo acompañaba la experiencia con sutileza: primero sonó algo experimental que no supe identificar, luego pop japonés de ese que eleva la etiqueta “sofisticado” a niveles casi intimidantes. 

Me contuve. O al menos lo intenté. Ya había gastado algo de presupuesto en Joe’s Garage y todavía me esperaba Tokio, así que traté de ser comedido. Aun así, acabé llevándome tres reediciones absolutamente irresistibles, entre ellas una de Yellow Magic Orchestra (porque siempre es buen momento para hacer acopio de YMO en vinilo) y un par de clásicos que brillaban en las cubetas. Jet Set está claramente orientada a la novedad y a mantener un buen fondo de reediciones más que a la segunda mano, pero en su terreno son invencibles: precisión quirúrgica, catálogo impecable y esa sensación de que todo lo que está a la venta merece estar ahí.

Un pequeño paraíso para el comprador de discos. No promete hallazgos azarosos a precio de ganga (para eso habrá que seguir buscando en otras cubetas), pero sí garantiza una experiencia única: un lugar en el que todo respira música, diseño y criterio. Y, sinceramente, ¿no es eso lo que uno busca en Japón?

En la visita adquirí:

BGM, de Yellow Magic Orchestra (reedición japonesa de 2019)

Go Ahead!, de Tatsuro Yamashita (reedición japonesa de 2023)

Niagara Moon, de Eiichi Ohtaki (reedición japonesa de 2025).

jueves, 4 de septiembre de 2025

Joe’s Garage (Kioto)

Después de unos días intensos en Osaka, la siguiente etapa de nuestro viaje nos condujo a Kioto, esa ciudad de la que uno siempre ha oído hablar con reverencia (templos, geishas, jardines zen…) y que, a pesar de todo ese bagaje mitificado, consigue sobrepasar las expectativas. Qué voy a decir de Kioto que no sepáis ya, o que no hayáis intuido alguna vez: un lugar en el que la espiritualidad milenaria convive con el barullo de las calles comerciales y donde es posible pasar en cuestión de minutos de un santuario silencioso a una tienda saturada de souvenirs de Hello Kitty.

Nada más llegar, decidimos lanzarnos al Nishiki Ichiba, un mercado cubierto que funciona como una de las arterias de la ciudad. Allí late la vida cotidiana de Kioto, aunque conviene aclarar que ese latido está hoy amplificado por centenares de visitantes que recorren la galería, fascinados ante la inagotable sucesión de puestos de street food. En el mercado Nishiki cada pocos pasos se abre una nueva tentación: un té verde que promete longevidad, unos tsukemono (encurtidos) cuya acidez podría hacerte despertar de un jet-lag crónico, un mochi que amenaza con pegarse al paladar, o incluso un puesto enteramente consagrado al universo Snoopy (que, supongo, ya cuenta como tradición japonesa a estas alturas). La experiencia, más que gastronómica, es sensorial, un flujo constante de olores, colores y texturas entre cubos de anguila, brochetas de pulpo y botellitas de sake artesanal.

Al final del mercado, nos encontramos el Nishiki Tenmangu, un santuario sintoísta dedicado a Tenjin, deidad de la erudición y los estudios. Ya me conocéis: no pude evitar cierto entusiasmo profesional de estar en un santuario dedicado al saber académico y frecuentado por estudiantes en busca de buena fortuna en sus exámenes. Y, por supuesto, como todos los santuarios Tenmangu, con la estatua reglamentaria de un buey de bronce cuya cabeza hay que acariciar para atraer la sabiduría. (Sí, lo hicimos, y sí, la foto existe).

Fue después de esa visita cuando dejamos a una parte de la expedición en una tienda de kimonos y me lancé a explorar Joe’s Garage, un nombre que aparecía en la lista de recomendaciones de Ángela pero no en la de Gerard Casau, amigo, crítico de cine, melómano empedernido y uno de mis oráculos en japonesismos. Me alegra poder invertir los papeles y ser yo ahora quien le pase a él la nota mental: Gerard, la próxima vez que visites Kioto, no te pierdas Joe’s Garage.

El rótulo de la tienda ya es toda una declaración de intenciones: su nombre es un homenaje explícito al disco de Frank Zappa, y toma prestado como logo la célebre banana de Warhol para The Velvet Underground. Con esas credenciales, las expectativas no podían ser bajas.

La tienda se encuentra al norte de Shijo-dori, la gran avenida comercial de Kioto, pero no es de esas que se exhiben orgullosas a pie de calle: está escondida en la tercera planta de un edificio tan discreto como el ascensor que lo custodia, un artilugio de esos que ponen a prueba el temple de un claustrofóbico como yo. Al abrir la puerta, uno se encuentra con un espacio modesto, pero absolutamente saturado de discos, apilados con una disciplina obsesiva que convierte el lugar en una especie de santuario urbano del vinilo. Fundada en 1986, Joe’s Garage se ha consolidado como referencia para los melómanos locales, un sitio donde el rock de los 60 y 70, el jazz más insobornable y, por supuesto, el espíritu zappiano siguen vivos y coleando.

El dueño, un rockero veterano, gestiona la tienda con un cuidado artesanal. Las estanterías rebosan: CDs, vinilos nuevos y usados, aparentes rarezas, bootlegs y camisetas, pósters y cachivaches que refuerzan la estética del lugar. Lo más fascinante es su curaduría obsesiva: junto a las secciones habituales de jazz, rock o world music aparecen categorías inesperadas como “female vocalists”"rock guitarrists" o “Japanese recommend (sic) artists”. Esa obsesión por el detalle refleja a la perfección lo que, como ya he dicho en entradas anteriores, tanto me fascina de la cultura musical japonesa: la capacidad de llevar una pasión hasta el extremo, hasta el punto de convertirla en un sistema de clasificación propio.

En la sección de música japonesa vi verdaderas joyas, aunque mi desentrenado ojo occidental (y mi cartera en modo prudente) me hicieron decantarme por opciones poco arriesgadas. El dueño hablaba un inglés excelente, lo que nos permitió intercambiar impresiones sin recurrir al habitual catálogo de aspavientos y onomatopeyas. Al pagar mi compra, me regaló ese tipo de gesto que convierte una transacción en una experiencia: “Excellent choice”, me dijo con una sonrisa cómplice. Lo curioso es que lo decía por unas compras que eran, en realidad, bastante previsibles. Yo, para no quedarme atrás, devolví el cumplido a su selección: “Podría empaquetar toda la sección de música japonesa y llevármela entera a casa”. Él, divertido, me animó a hacerlo. Y aunque por un instante lo consideré (ya me veía hipotecando el futuro para enviar un contenedor de discos a Barcelona), la sensatez se impuso y nos conformamos con lo escogido.

Joe’s Garage me conquistó. No solo por su catálogo cuidado y su independencia radical frente a cadenas y modas, sino también por la calidez de su trato y la sensación, casi litúrgica, de estar entrando en un templo. Un lugar que uno abandona con bolsas en la mano, sí, pero sobre todo con la certeza de que, en ese rincón perdido de la tercera planta de un edificio de Kioto, sigue latiendo una forma de entender la música que resiste al tiempo.

En la visita adquirí:

Technodelic, de Yellow Magic Orchestra (primera edición japonesa de 1981)

X∞Multiplies (X∞マルティプライズ), de Yellow Magic Orchestra (edición japonesa de 1980)

Tin Pan Alley (o Caramel Mama キャラメル・ママ), de Tin Pan Alley (o Caramel Mama) (reedición japonesa de 1979).

Tin Pan Alley 2. de Tin Pan Alley (primera edición de 1977).

(Además, adquirí otra edición del primer álbum de Yellow Magic Orchestra, que ya está en poder de su destinatario).