viernes, 31 de octubre de 2025

Tower Records Shibuya (Tokio)

La última etapa de nuestro viaje por Japón consistía en regresar a Tokio para pasar unos días antes de tomar el vuelo de regreso a Barcelona. La primera estancia en la ciudad, al comienzo del viaje, había sido más bien de tanteo, de aclimatación, y aunque había curioseado generosamente por algunos barrios, no había tenido ocasión de explorar ninguna tienda de discos. Así que me guardé esa carta para el final, como reservando un pequeño lujo para los últimos días.

El problema era evidente: Tokio es un paraíso para cualquier comprador de discos, y uno tiene que hacer un esfuerzo de contención si no quiere acabar con la maleta desbordada (o comprando una segunda valija) y el presupuesto temblando. Consciente de ello, decidí apuntar alto, pero con precisión: limitarme a una o dos visitas, que realmente merecieran la pena. Y en esa selección, la primera elección obvia era Tower Records Shibuya.

No hay guía ni blog que no la mencione: un templo, una rareza, una superviviente. En un mundo en el que las grandes megatiendas de música han desaparecido y se han convertido en recuerdos de un pasado glorioso, Tower Records de Tokio sigue ahí, recordándonos aquella época en la que viajar a Londres o a Nueva York era también la promesa de entrar en un edificio de ocho plantas lleno de discos. De aquellos gigantes solo queda este, y hay que decirlo: impresiona.

El edificio se levanta en pleno Shibuya, y desde fuera ya impone. El amarillo chillón, el rótulo gigante de No Music, No Life, el bullicio de la calle. Dentro, el vértigo: seis plantas dedicadas enteramente a la música, una de ellas consagrada al vinilo. Y no cualquier vinilo: una colección tan vasta que resulta abrumadora, con novedades, reediciones, rarezas, importaciones y una cuidada sección de segunda mano.

Allí me perdí durante un buen rato, pasando de cubeta en cubeta, mirando portadas, tomando infinitas notas mentales. En algún momento bajamos de la sexta planta al café de la segunda para descansar un poco y observar el flujo incesante de gente entrando y saliendo, cada cual con su bolsa inconfundible. Fue, en resumen, una experiencia completa: un pequeño ritual para cerrar el viaje.

Acabé comprando varias cosas, claro. Continué con mi acopio de ediciones de discos de Yellow Magic Orchestra, me llevé una flamante copia de la nueva edición definitiva de la banda sonora de la película de Satoshi Kon Perfect Blue (y otra copia para Gerard Casau, que me había puesto sobre la pista del disco antes del viaje). Y salí de allí con esa mezcla de euforia y aturdimiento que dejan los lugares donde uno siente que podría quedarse horas, o días, explorando.
Mientras bajaba por la escalera mecánica pensé: ¿es mejor un megastore de música donde esté (casi) todo, o una tienda pequeña de barrio donde te atienden, charlas y descubres por azar? Supongo que me gustaría imaginar un mundo donde ambos modelos convivieran, aunque sé que ese mundo hace tiempo que dejó de existir y que ya no va a volver. 

En Europa no queda nada parecido a Tower Records, y dudo que vuelva a haberlo algún día. Pero qué reconfortante resulta saber que, al menos en Tokio, todavía resiste, bien vivo, este vestigio de una cultura musical que fue —y quizá sigue siendo— algo mejor.

Salí a la calle con mi nueva tote bag amarilla colgando, llena de discos, y con esa sensación tan grata de haber cerrado un círculo. Había tardado todo el viaje en llegar hasta allí, y valió la pena.