El último fin de semana de mayo tuve el placer de asistir en la Universidad de Zaragoza a un congreso organizado por el proyecto en el que he estado trabajando en los últimos años: Real and imagined Spaces in Film. Como he explicado alguna vez, los congresos son algo que siempre disfruto: permiten compartir ideas, escuchar a gente interesante, reencontrarse con colegas y, por supuesto, encontrar momentos para la dispersión (y para la diversión).
Uno de esos momentos llegó en la tarde de la primera jornada, cuando aproveché para hacer una visita rápida a una tienda de discos local. Acudí junto a Vicente Rodríguez Ortega, compañero de la Universidad Carlos III de Madrid, y nos pasamos un buen rato excavando entre vinilos y comentando alguna que otra rareza.
La Gramola es un espacio amplio, dedicado al soporte físico en todas sus formas: sobre todo vinilos, pero también CDs, DVDs y Blu-rays. Una tienda con personalidad, con una selección hecha desde el conocimiento y el gusto. Lo que más me llamó la atención fue la organización del stock: una parte alfabética por bandas e intérpretes (con un punto de arbitrariedad interesante) y otra por géneros, con cubetas bien marcadas (reggae-ska, jazz, pop-rock de los 80, indie de los 90…). No hay pretensión de abarcarlo todo —lo cual sería imposible—, sino una curaduría basada en lo que el público de la tienda busca y lo que el propietario considera representativo. Y eso se agradece.
Estuve un buen rato rebuscando entre la new wave y el pop de los ochenta, y el indie noventero, aunque los discos que finalmente me llevé los encontré en otras secciones, en un intento deliberado de dispersarme un poco.
Durante la visita vivimos una escena simpatiquísima: entraron dos turistas japonesas que, al encontrar unos discos de Mocedades y otra música española de los años sesenta y setenta, entraron en un estado de euforia absoluta. Se hicieron fotos, celebraron los hallazgos (¡por apenas dos euros!) y salieron radiantes, probablemente para compartir el momento en redes. Fue uno de esos instantes en los que ves el modo en que la música conecta sensibilidades y despierta todo tipo de chifladuras entre la gente que la ama y disfruta.
Aprovechando la ocasión, me puse a charlar con Javier, el propietario. Le mencioné que la selección de la tienda era excelente, variada y muy bien cuidada, y como suele pasar, respondió con un “No todo es bueno”, con esa honestidad desarmante que sacan a relucir los propietarios de tiendas de discos que saben de música. Siempre me ha fascinado esa relación entre el gusto personal y la necesidad comercial: cómo gestionar tener a la venta discos que a uno no le entusiasman.
Hablamos también del mercado actual y de su decisión de no traer algunas de las novedades de multinacionales: salen demasiado caras. Prefiere apostar por ediciones selectas y cajas especiales para su clientela habitual. Me habló también de su experiencia en ferias internacionales, especialmente la de Holanda. “Solo hay dos maneras de ir a una feria de esas: o con mucho dinero o con nada de dinero”, me dijo. Cualquier punto intermedio es frustrante.
En la visita adquirí:
Autobahn, de Kraftwerk (edición alemana de 1974).
Stillness, de Sergio Mendes & Brasil '66 (edición USA de 1970).