Este agosto he pasado dos semanas recorriendo una pequeña, pero maravillosa, parte de Japón con mi familia. ¿Qué os voy a contar que no se sepa ya de ese país fascinante? Qué os voy a explicar de ese magnetismo adictivo que nace de la mezcla, extraña y armoniosa, de tradición milenaria e innovación radical, de recovecos silenciosos y calles abarrotadas de personas y neones vibrantes, de pasión desmedida por la cultura popular más alocada y refinamiento extremo. Todos esos tópicos son ciertos, pero no hay que repetirlos por enésima vez si no quieres parecer un influencer de Instagram cualquiera.
En nuestro recorrido visitamos varias ciudades —en etapas intensas y variadas— y, como no podía ser de otra manera, además de templos, barrios, museos y gastronomía, también busqué huecos para uno de mis grandes desvelos: visitar el mayor número posible (dentro de lo razonable) de tiendas de discos. Porque, como sabréis si tenéis suficiente interés en la música como para leer este blog, Japón es uno de los paraísos mundiales de la cultura musical. En ese edén melómano y audiófilo, el formato físico no solo resiste, sino que goza de un prestigio y un vigor extraordinarios. Las tiendas de vinilos (y CD) son innumerables, desbordantes, y constituyen un vasto y sólido ecosistema cultural. Para mí, viajar a Japón significaba también sumergirme en la medida de lo posible en esa plétora de ediciones cuidadas y reediciones de referencia y en ese océano de oportunidades para el coleccionista o, simplemente, para el curioso.
El viaje empezó y terminó en Tokio, pero me reservé las legendarias tiendas de la capital para el final, consciente de que allí iba a ser inevitable caer en compras abundantes y que cargar desde los primeros días con un buen volumen de discos sería un infierno logístico. En la primera etapa tokiota, de tres días y medio, preferí dedicarme a explorar otros atractivos. La primera incursión vinilera llegaría en Osaka. Conviene recordar que este era un viaje familiar, en el que estuve acompañado de tres compañeras de ruta —melómanas también, pero dentro de límites razonables—, así que no podía monopolizar el itinerario con largas horas de cubeteo. Por ellas y por mí mismo: las ciudades que visitamos tienen tanto que ofrecer, que habría sido un error perderse siquiera un poco de su riqueza cultural por pasar demasiado tiempo entre discos. Eso sí, siempre se puede (y se debe) buscar huecos estratégicos.
En Osaka, la primera tienda que visité fue King Kong Records, una recomendación de la mejor fuente: mi hija Ángela, que había investigado previamente qué lugares podrían interesarnos. King Kong es toda una institución en el barrio de Amerikamura, epicentro de la cultura juvenil de Osaka desde finales de los años setenta. Según la información que he podido recabar, la tienda fue fundada en 1979 y formó parte activa de la transformación del vecindario en un hervidero de moda importada, música y estilos alternativos. Aunque muchas de las tiendas pioneras de ropa americana y objetos vintage han ido desapareciendo o han sido reemplazadas por comercios “menos auténticos”, parece haber consenso en que King Kong se ha mantenido fiel a su espíritu original.
El negocio se trasladó en 2017 al primer sótano de un centro comercial, por lo que puede resultar un poco difícil de localizar desde la calle, pero basta con seguir la gran escalera mecánica que baja hasta la planta B1 para dar con ella. Una vez dentro, se abre un espacio amplio y diáfano, con miles de discos de segunda mano que se extienden en largas filas de cubetas, mientras las paredes se convierten en una galería improvisada de portadas. Aquí el minimalismo brilla por su ausencia: cada centímetro de la tienda está ocupado, y la sensación es la de un auténtico festín visual y musical.
El catálogo que maneja la tienda es apabullante: afirman que rondan los 50.000 discos, con hasta 300 nuevas incorporaciones semanales. Pop y rock, tanto japonés como occidental, son los géneros con mayor representación, junto con una notable sección de hip hop. El jazz está menos presente, pero hay algunas cubetas de City Pop que prometen hacer las delicias de los buscadores con paciencia.
En mi caso, no encontré piezas que despertaran la urgencia de adquirirlas, quizás por falta de suerte, de comunicación o de decisión en esas etapas iniciales del periplo. Aun así, la visita fue muy gratificante. De hecho, fue la única tienda del viaje donde mis acompañantes se animaron a comprar un par de pequeños tesoros a un precio muy razonable que se llevaron como recuerdo.
King Kong quedó como una primera parada entrañable en el viaje: quizá no decisiva en términos de hallazgos, pero sí significativa como inicio de mi ruta vinílica por Japón. Si alguna vez viajáis a Osaka, no dejéis de pasar por allí. Esas filas de cubetas infinitas y ese ambiente juvenil que respira Amerikamura hacen que merezca la pena dedicarle un buen rato de exploración.